LOS EXTRAÑOS MOTIVOS DEL SOLDADO / José Revello

LOS EXTRAÑOS MOTIVOS DEL SOLDADO

Aquel maltrecho hombre estaba tirado sobre el áspero suelo, herido, sin casi poder moverse. Era un soldado. Su uniforme de fajina estaba ensangrentado. En la contienda de aquella fatídica noche había caído en esa hondonada, perdido y abandonado, ni siquiera lo recogieron. La tierra podía lamentar tanta crueldad destructiva. Había perdido la noción del tiempo. Las heridas y los miedos lo acorralaron. Sabia estaba próximo su final. Si no lo hacían sus heridas, podría serlo de algún animal salvaje. ¿Qué podía importar? (¿cuánto hacia que se sacrificaba en esa absurda guerra?) En las cerradas trincheras se peleaban sin saber con certeza cuales tierras se defendían o se tomaban. En realidad y por cierto nada tenía sentido. Unas cosas se dijeron y otras se hicieron. Unas cosas se ordenaron y otras se ocultaron. Por vano deber su vida se iba y poca cosa recordaba, lejanas desolladeros en barricadas de la contienda. Nada valía como hombre. Si sabía estaba ahí solo y moribundo. Trato de acomodarse. El dolor se hizo acuciante, intenso. Su arma estaba tirada a un costado, se hizo como pudo un vendaje. Pero ¿Qué más daba? Su instinto lo llevaba a sobrevivir. Era su instinto y su disciplina. Pero eso lo sabía: las horas serian trágicamente decisivas. También su instinto combativo le advirtió. De pronto giro su dolorido cuerpo y miro arriba del peñasco. Vio ese fornido hombre ahí parado en hosco silencio y mirando su maltrecho cuerpo. Su más oscuro uniforme y casco lo delato ¡era un enemigo! Quise agarrar el arma para defenderse… pero no pudo, su dolor lo impidió. Comprendió era su final. Aquel hombre impiadoso lo mataría. Después de todo quizás era lo mejor… pero ahí tirado y sin poder defenderse, era humillante e indigna forma de entregar lo poco que le quedaba… ¡maldita sea aquel soldado ni se movía… parecía gozar su agonía… si solo pudiera alcanzar su fusil… no podría disparar tal vez, pero al menos intentaría. De pronto aquel silencioso enemigo se fue acercando, lento, sin prisa, lo miraba fijamente. Y no pudo reprimir -no dejaba de ser humano- una holeada de miedo… ¡Dios! Iba a morir, a ser rematado como un perro sarnoso… el hombre movió su fusil, el soldado caído de puro dolor e instinto cerro sus ojos y espero el mortal disparo… y espero… de pronto abrió sus afiebrados ojos.. El hombre estaba a su lado. Su enemigo miraba en licencio… en una reacción extraña dejo su arma a un costado, lejos del alcance de sus manos y se inclinó… maldito bastardo lo iba a liquidar con sus propias manos… sintió lo tomaban del brazo y grito de dolor e importancia. Pero no fue brusco. Firme pero casi suave. Lo ayuda levantarse. El fornido soldado lo cargo al hombro como bolsa de papas inmisericorde, no escuchando doloridos aullidos y lo llevo por el perdido sendero. Perdió el conocimiento. Así al menos creyó, puesto que cuando volvió en sí, se encontró con los ojos de una mujer mirándolo con sus manos lavando sus heridas. Se dio cuanta estaba embarazada. Estaba en un costado de su catre, creyó reconocer una cabaña… y más al fondo aquel hosco soldado limpiaba su arma… y a su derecha había una cuna con un niño durmiendo. No supo de tiempo. Quizás estuvo cuatro días. La mujer lo alimentaba y curaba su herida. El hombre iba y venía. Nunca decían nada, al menos delante de él. Comprendió con desconcierto lo estaban curando. ¿Por qué? ¿Qué intenciones ocultaban? también supo al menor intento de hostilidad de su parte, aquel hombre lo mataría sin dudarlo en defensa de su familia. Pero eso no iba a ocurrir. Varias veces murmuro palabras de gratitud. La mujer solo correspondía con una sonrisa. El hosco soldado miraba. Cuando finalmente pudo levantarse y ponerse su uniforme, el hosco montañés rápido lo apunto… pero con cuidado dándole su fusil… despacio, muy despacio. Le indico la salida de su cabaña. Afuera, sin mediar palabra, le indicó el camino… que se alejara. Los miro sin comprender. Pero con ojos de gratitud. No hubo forma de escuchar sus voces. Las miradas mudas dieron su respuesta -quizás- cuando los padres miraron a su pequeño hijo… El soldado a medias recuperado, se fue alejando: ¡sabiendo tuvo otra oportunidad!… ¡Dios! había vuelto a nacer. Más sabia se podía planificar otro ataque a esa colina, y solo pudo desear no fuera su fusil que matara aquel hombre…
Tres meses después vino la agónica amnistía y cese del fuego. Aquella colina antes sufrió dos feroces ataques. Pero el deseo de aquel soldado pareció cumplirse. Seis días después del fin de esa cruenta e inútil guerra, aquel taciturno montañés recibía de las manos de su esposa la fragilidad de su segundo hijo…

 

José Revello

(Fragmentos de: “Similitudes del tiempo”)
Derechos de autor Reservados
Buenos Aires
Argentina

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