Fragmentos de 247 “Mis tardes con Don Genaro” / José Revello

José Revello

SOBRE LA NOCHE DE LOS TIEMPOS
HISTORIA DE LA ETERNIDAD. (Formación decimal astronómica)

La historia de Micael. (Su misteriosa llegada a la tierra)
CUADRO DE LA EPOCA HISTORICA 
LA INFANCIA DE JESÚS

Fragmento 247

Durante semanas María guardó secreto reflexionando sobre la increíble visitación. Esto fue hasta que estuvo segura estaba embarazada. Sólo entonces una noche, cuando se hallaban acostados, se atrevió a revelar el enigmático acontecimiento a su marido. Al escuchar José este asombroso relato, aunque confiaba plenamente en la fidelidad de María, quedó muy preocupado del hecho y perdió el sueño por noches enteras. Primero dudaba (como era lógico así fuera) la prodigiosa visitación de Gabriel. Eventualmente, cuando se persuadió plenamente de que María de veras había oído la voz y contemplado al misterioso mensajero celestial, su mente se vio trastocada al cavilar cómo ocurrían tales cosas. ¿Cómo era posible un hijo de seres humanos fuera un hijo del destino divino? José no podía reconciliar estas ideas contradictorias hasta que, después de varias semanas de hondas conversaciones y reflexiones, tanto él como María, llegaron a la significativa pero errónea conclusión: que de veras habían sido elegidos como padres del Mesías libertador. Aunque, el concepto judío no presuponía el libertador fuera precisamente de naturaleza divina ni mucho menos espiritual. Sino gran general de ejércitos victoriosos. Pero al llegar a esta conclusión importantísima donde, por fin, se unifico el criterio de la pareja, cuando María supo, sin lugar a dudas, que iba a ser madre, persuadió a José le permitiera viajar a Ciudad de Judá, distante a más de seis kilómetros en colinas al oeste de Jerusalén, para visitar a Isabel. Gabriel había informado puntualmente a cada una de estas madres de su respectiva aparición ante la otra. Naturalmente deseaban grandemente encontrarse y conversar del asombroso futuro de sus hijos. María pues se apresuró a visitar a Isabel. Permaneció con ésta, su prima lejana, por tres semanas. Allí cada una hablo de sus respectivas experiencias. Y sin duda hallaron similitud crucial en los mensajes de Gabriel. Ambas madres intercambiaron apreciaciones sobre el increíble destino de sus hijos. Había mucho por organizar y pensar. Sus sencillas vidas (sorprendidas por un prodigio no humano), se habían tornado en algo distinto, cuyo rumbo iba dirigido hacia una verdadera historia. Mucho hizo Isabel para fortalecer la fe de María en la fabulosa visión de Gabriel, de modo que ésta regresó al hogar más plenamente fortalecida y dedicada a su misión futura, como madre del hijo de destino, el gran libertador a quien pronto daría a luz, presentándo al mundo un bebé frágil, indefenso, como cualquier otro normal del reino. En el viaje de vuelta María muy motivada aprovecho y visitó a sus padres, Joaquín y Ana. Sus dos hermanos, sus dos hermanas y padres consideraron con escepticismo la supuesta misión divina de Yhesua, aunque, por supuesto -por ese entonces- nada sabían de la visitación de Gabriel. María lo confió solamente a su hermana Salomé, que creía su hijo estaba destinado a ser maestro del pueblo hebreo y conductor liberador de su nación oprimida. Esta idea fue su antorcha luminadora. Juan finalmente nació de parto normal en la Ciudad de Judá, el 25 de “nisán”, marzo del año menos 7 a. de J.C. (en realidad tuvo lugar en la madrugada del 25 al 26 quizás en proximidades del alba, por esas fechas se registró hacia las 6 horas) Zacarías e Isabel tuvieron inmenso e inabordable regocijo con llegada del hijo elegido, tal como Gabriel había prometido. Al octavo día cuando presentaron al niño para la circuncisión, lo llamaron formalmente Yehohanan, (Juan) como se les había mandado. Un sobrino de Zacarías partió rápidamente a Nazaret para entregar a María el recado del nacimiento de un hijo cuyo nombre en vida sería Juan. Los viejos padres como era de esperarse y ellos así creían, aleccionaron a Juan desde su más tierna infancia su destino consistía en ser dirigente y maestro religioso. El terreno de su corazón respondió a la semilla de esta idea. Aunque tuvo efectos muy contradictorios en su personalidad. Aun niño se hallaba frecuentemente en el templo acompañando los oficios de su padre y profundamente le impresionó la significación de todo aquello que veía a su alrededor. Siempre en el marco del templo y oyendo los, ya de por sí, confusos y retrógrados preceptos sacerdotales.

José Revello
(Fragmentos de: “Mis tardes con Don Genaro”)
Derechos de autor Reservados

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