Fragmentos de 254 : “Mis tardes con Don Genaro” / José Revello

José Revello

SOBRE LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.
HISTORIA DE LA ETERNIDAD. (Formación decimal astronómica)

La historia de Micael. (Su misteriosa llegada a la tierra)
CUADRO DE LA EPOCA HISTORICA

Fragmento 254

Historia de José y María. 
LA CASA EN NAZARET.

Me detuve otra vez y reflexione indecis@. Ardía de deseos de conectarme con esa sencilla gente y sobre todo, me atraía -como gigantesco imán- conocer la casa de los padres de Jesús, ¡apenas ahí, a varios metros donde estaba!. No sería difícil, bastaba preguntar al primero que se cruzase. Pero debía manejarme con suma cautela. Podía ser imprudente, y por nada del mundo, podía alterar, ni influenciar, ni inmiscuirme en el proceso y orden natural de los acontecimientos sucedidos en aquella época, y menos aún, influir en sus protagonistas. Por lo pronto, llamaría la atención un extranjero desconocido preguntara por la familia. Y siendo amablemente me condujeran ¿Cómo me presentaba a la señora, sobre todo, si se hallaba sola en su hogar? ¿Qué excusa daría por mi acercamiento? ¿Cómo evitar recelos y lógicas suspicacias? Sabía también la peligrosa época que vivían. Fueron segundos incontenibles y desbordados por la emoción. Debía esperar el momento adecuado. Confié los “hilos invisibles” divinos forjarían el cumplimiento de uno de mis principales objetivos… el contacto con la señora y de ser posible, con José, su marido, así fuera por única vez. ¡Dios de los Cielos¡ por cierto se dio de manera natural e impensada…
No podía perder otro segundo. Lo más importante en aquellos momentos, y al cabo de las horas, era encontrar un alberge donde pasar, lo menos, esa noche. En el descanso planificaría cuidadosamente los pasos a seguir en siguientes días de exploración en aquella región. Sabía “mi período” no era eterno, ni un devenir de los años. La “manipulación” del tiempo que posibilito mi traslado a esa época histórica, fue fijado en 60 días como máximo. Sin embargo, cabía la posibilidad de efectuar otras “alteraciones” voluntarias y bajo mi entera decisión y riesgo. Si bien contaba con el nivel tecnológico logrado y “traído” desde mi época, (la pequeña y compleja nave que realizo la inmersión en maza de mi persona y todos sus instrumentos, la cual estaba debidamente oculta), otras sucesivas “inmersiones de tiempo referencial” no dejaba de ser comprometida y peligrosa para mi persona y la máquina. No conocía sus consecuencias. Nadie las conocía. Solo habíamos logrado la muy costosa y sacrificada hazaña de llevarlo a cabo. Fue cuestión de segundos. Había que actuar rápidamente. No podía permanecer frente a las casas y la fuente como una estatua. Mi inmovilidad atraería curiosidad. Me acerque a la chiquillería próximo y los interrogue acerca de algún lugar donde alojarme. Al reparar las matronas en aquel extranjer@, se unieron espontáneamente a la rueda de los zagales, brindándome, serviciales y encantadas, a acompañarme hasta la posada. (En mi primera observación de un grupo de estas matronas, utilice la palabra “aun con sorna”, no fui leal con esa expresión. A decir verdad fue una de ellas, mujer entrada en años y que parecía no tener un buen día. Así rectifico este involuntario error). Y entre risas, picaros comentarios (dichos en arameo galilaico, el cual había estudiado y conocía), ocurrencias y descaradas preguntas sobre mi origen y profesión, al cual respondí como mejor pude rodeado de aquel “hervidero” del que fui objeto. Era griego de Tesalónica, comerciante de vinos en búsqueda de la verdad. Era mi “identidad” en aquel cuadro histórico. Y mi lugar “de origen” bastante distante de aquellas tierras, permitiría moverme con relativa libertad (entre miles de extranjeros de todas las nacionalidades y latitudes) para cumplir mi secreta misión, explorar, descubrir y obtener información “de primera mano” de mi principal objetivo: Jesús de Nazaret. El niño de la promesa. O Micael de Nebadon. El sublime Hijo Creador -según otras fuentes- que aún siquiera había nacido. Las galileas y los muchachos alborotados, me dejaron en la puerta del alberge. Mis reiteradas inclinaciones de cabezas y sinceros agradecimientos contribuyo a multiplicar las risas de los que me rodeaban. Y rojo de vergüenza me aventure en el túnel que, como en el caso de “la posada del tuerto”, servía de acceso al edificio. Un lugar en que sería testigo de otras cosas del que tuve que cuidarme durante mi accidentada “estadía” en esa época del pasado…
Una de las ventajas de Nazaret -a como la descubrí-, acorde a si configuración y humildes dimensiones, era precisamente la existencia de distancias. Desde la fuente a la posada que, eventualmente, servía de refugio y “cuartel general” durante los tres días previstos para esta jornada de reconocimiento y contacto, pero estando sujeto, por lógica, al día cotidiano y a imprevistos que obligaran su modificación, no habría más de cuarenta metros. Si llegaba a ella por el camino que se abría paso hacia el sur. Unos diez metros antes de alcanzar su esquina este, el sendero, disfrazado de pequeño puente de piedra, brincaba sobre un torrente de mediano caudal procedente del flanco oeste del Nebi Sa•in y que, despreocupado y trasparente, saltaba, corría o se deslizaba, fiel a la falda sur de dicho monte. Desde el puentecillo, el arroyo penetraba decidido en plena vega, surtiendo la cuidada red de acequias. Pero, como iba diciendo, la posada -una de las escasas edificaciones de cierto relieve existente en el “extrarradio” de la aldea- guardaba extraordinaria a semejanza con la que había tenido ocasión de visitar, y por cierto padecer, en recientes asiduas marchas que me trajeron a Nazaret. Sus dimensiones eran notablemente inferiores, pero, en cuanto a su diseño general, patio a cielo abierto, habitaciones en el piso superior, taberna-comedor, etc. no aprecie diferencias dignas de mención. Los muros de piedra resaltaban sobre el resto de las construcciones por su descuidado y ceniciento revestimiento, antaño blanqueado y ahora roído por las lluvias y vientos. Pero a mi primera observación, pronto lo descubriría. Aquello no era un alberge. Era una pocilga espantosa. Y no digamos su dueño. A la hora tercia (las nueve de la mañana) el corral interior aparecía desierto. Mejor dicho, casi desierto, en el costado izquierdo (desde mi situación al final del túnel de acceso al albergue), trajinaba un niño entre los cuatro troncos de árboles ahuecados que hacían las veces de pesebres. ¿Un niño?. La impresión fue corregida al momento. Aunque la cabeza no sobresalía del perfil de los negros lomos de los asnos allí amarrados, el personaje no era exactamente un muchacho. Al descubrir mi presencia abandono el forraje y, sacudiendo las manos contra un embreado mandil que casi rozaba el pavimento de ladrillo rojo, me salió al encuentro con una confiada sonrisa. Su menguada talla -apenas un metro-, de frente prominente, la nariz en “silla de montar”, las piernas torcidas y una acusada lordosis o curvatura lumbar ponían en manifestó en aquel individuo una forma de enanismo de extremidades cortas (posiblemente una acondroplastia: uno delos tipos de trastornos hereditarios en los que anormalidades del crecimiento de hueso y cartílago originan el desarrollo inadecuado del esqueleto y, en definitiva, enanismo). Caminaba a pequeños y cómicos saltos, no exentos del balanceo a izquierda y derecha, típico en las personas que sufren esta malformación, fue reunirse con este perplejo explorad@, identificándose como “Heget, el posadero – jefe a mi servicio”. La intuición alerto. La verdad no me gusto. Su recortado arameo me llamo la atención. Correspondía a la presentación, anunciándome como lo que supuestamente era: un comerciante griego en vinos y maderas, de paso por Nazaret. Y al punto, enterado -y vivamente interesado- de mi origen griego, olvido el rudo idioma de la Galilea, hablándome en una Koiné más inteligible…

José Revello
(Fragmentos de: “Mis tardes con Don Genaro”)
Derechos de autor Reservados

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