Fragmentos de 261: Mis tardes con Don Genaro / José Revello

José Revello

SOBRE LA NOCHE DE LOS TIEMPOS
HISTORIA DE LA ETERNIDAD. (Formación decimal astronómica)

La historia de Micael. (Su misteriosa llegada a la tierra)
CUADRO DE LA EPOCA HISTORICA

Fragmento 261 

Historia de José y María. 
LA CASA EN NAZARET.

Quizás fue una torpeza. No medí su consecuencia. Tal vez fue impresión. Frente mi estaba María y, lógicamente, ella no podía imaginar siquiera la procesión que provoco su presencia. Y dijo torpeza, porque me quede mirándola fijamente y sin evitarlo mientras venia explore de arriba abajo su fisonomía. Mi evidencia podía incomodar o generar desconfianza. Ella era casada y yo un desconocido. No podía permitirlo, sería un escoyo. Mi misión consistía en ganarme la confianza de la pareja y su núcleo íntimo. Pero debía conocerla. Su pelo recogido en su pañolón, caído en su parte izquierda hasta su hombro, dejo ver un rostro alto y estrecho. Era, sin duda, una niña blanca, propio de pueblo caucásicos. De frente despejada. Cejas tupidas y negras. Unos hermosos ojos verdes sugestivos, profundos y luminosos. Su nariz recta, típico de los judíos. Unos labios medianos, siempre mojados y sensuales. Su rostro alargado terminaba en una mandíbula algo prominente, reflejo de un carácter obstinado. Sin duda una casi niña judía atractiva. De natural seducción y sensibilidad. Sin embargo, en esos minutos, si mi actitud resulto intimidante, María no bajo los ojos. Sostuvo la mirada. Quizás rastreando en su memoria si de alguna parte me hubiese visto. Sabía no era así. Fue el primer reflejo de su temperamento. Pese su corta edad, 13 años, al acercarse resuelta demostró una actitud, entendí era de tomar sus decisiones, no pareció amilanarse. Su virtud y carácter sin duda la preparo y se templo con los años y la maravillosa pero tan difícil vida a la que estuvo destinada. Fueron segundos. Yo captaba mis sensaciones. Ella seguía en una postura cordial y más bien, curiosa. Pero su fino instinto estaba en guardia. Y rompió el hielo que sin pretenderlo yo genere. Pregunto de donde venía. Le respondí de Tesalónica, que era un comerciante de vino, que estuve en Jerusalén, bethania, Cana y de paso conocer Nazaret, por unos días. Quizás algo intuyo. Mi actitud reservada, mi casi tímida y respetuosa respuesta debió haberle agradado. Fue el primer paso. Sonrió descubriendo una dentadura blanca y perfecta (a diferencia de los catastróficos problemas dentales y de encías que observe en casi toda el núcleo de las poblaciones que estuve) iluminando sus bellas facciones. Sentí su voz algo gruesa, pero a su vez, dulzona.
-Lo chicos dijeron que paso la noche en la posada.
Asentí arqueando mis cejas. María prosiguió.
-Quien cayó en la posada y sobrevivió al “rana”, no paso buena noche, seguro nada debe haber comido. Yo iba con Jacob y Ema, que son mis vecinos, a mi casa.
Mire la pareja de ancianos. De manera que eran vecinos. María, en una reacción que no espere, se dio vuelta y me invito a acercarme a la casa. Yo accedí agradecido. Cuando llegamos indicó quien era, donde venía y que estaba de paso por la aldea. La pareja me saludo deseándome paz y buen camino. Les agradecí sinceramente. Fueron cordiales y afectuosos. María entonces comento.
-Hoy es el aniversario de mis amigos, cumplen treinta y cinco años de casados. Cuando caiga la noche, vendrán sus familiares.
Los felicite por sus años, augurándoles bienestar, dicha y mucho más años por delante. Ambos me dieron las gracias y excusándose, entraron un momento en su casa. Me quede solo con María. Le dije debía seguir camino, estaba en mis planes recorrer otros lugares antes de la caída de la tarde. (Debía cumplir parte de la exploración de reconocimiento de los caminos y sus aledaños, pactado en esos tres o cuatro días. El punto clave en Nazaret se cumplió. El contacto con María se había logrado. Aunque era solo el comienzo) María, sin embargo, pareció pensar otra cosa. Y aquella niña señora me volvió a sorprender.
-Si debe transitar durante el día -me dijo dulcemente-, si no es ofensa, le rogaría tenga a bien visitar mi hogar y aceptar un poco de mi humilde alimento. Allí con mis amigos, preparamos las viandas de la comida para la reunión de esta noche. Sería un gusto convidarlo. Una vez comido podrá seguir sus andanzas.
¿Una ofensa? Nada más lejos podía sentir. Su amabilidad me conmovió. Era una prueba de la sencillez de aquella gente. Un calor broto en mi interior. La providencia aquel día pareció decidir por mí. No solo por el acercamiento circunstancial de la madre de Jesús, sino la oportunidad de conocer su casa. Lo sentí como un elogio y no dado a cualquiera, sobre todo abrir la puerta de su hogar. Desde lo programado en mi misión vino como anillo al dedo. Pero mi interior me confundía. Esa lucha entre dos estados. Mí rigida disciplina aprisionaba y la parte más profunda de mis sentimientos, se revelaba. Sentí podía molestar. De hecho María estaría muy ocupada. Sería difícil establecer alguna conversación. Fueron segundos dubitativos. Era ridículo sentirlo, debía aprovechar al máximo aquella oportunidad. Pero algo cierto padecía. Ni siquiera en el mismo instante de la inmersión en maza del módulo que me “llevo” a aquella época, experimente una aceleración cardiaca como la que estaba soportando en esos momentos, frente a la madre del Hijo del Hombre. Quizás la mujer más venerada de la historia. Una casi adolescente entonces. ¡Conocerla personalmente! ¡Estar hablando ahora con ella! Alguien que vivió 2000 años atrás en mi propio pasado. Fue difícil asimilarlo. El contacto estaba hecho. Era lo que contaba. Le dije no quería incomodarla. Que no se preocupase, seguiría mi camino. Y eso creo abrió su corazón. María me sorprendió otra vez con aquella invitación.
-A nadie molesta si alguien come un poco y toma algún refrigerio. Deseo nos acompañe. No debe preocuparse.
No pude negarme. María había decidido invitarme a un casi almuerzo para mí. En esos momentos salieron la anciana pareja de la casa, ambos cargando unos cestos con tipos de mercaderías, seguramente para la comida de esa noche. María les dijo de su invitación al extranjero de paso por su aldea. Los esposos no pusieron objeción. De inmediato me ofrecí a llevar la que tenía la señora. Debí insistir ya que ella declino. Le pedí por favor me permitiera ayudarla. Era lo mínimo que podía hacer ante la amable y bien recibida invitación. La mujer comprendiendo mi sincera actitud, acepto y me entrego su cesta. Otras cosas envueltas en una tela llevo en sus manos María. Y así emprendimos esos pocos metros que nos separaba (en realidad debo decir “me” separaba) de la histórica casa de Nazaret, donde comenzó su misteriosa vida carnal Micael de Nebadon. El futuro Rabí de galilea.

José Revello
(Fragmentos de: “Mis tardes con Don Genaro”)
Derechos de autor Reservados

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