Fragmentos de 269: “Mis tardes con Don Genaro” / José Revello

José Revello

SOBRE LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.
HISTORIA DE LA ETERNIDAD. (Formación decimal astronómica)
La historia de Micael. (Su misteriosa llegada a la tierra)

CUADRO DE LA EPOCA HISTORICA
Fragmento 269

Historia de José y María. 

Por fortuna para el proyecto Caballo de Troya, nuestras relaciones con el Estado de Israel eran inmejorables, en especial a partir de la triste -como todas- guerra de los Seis Días. Era primordial para la ejecución del “gran viaje” que el modulo pudiera ser trasladado a Palestina y ubicado en el “punto de contacto” elegido. Todo ello -además- sin levantar sospechas. Pero poco pudo referir sobre estas gestiones, que pasaron íntegramente sobre la espaldas del general jefe del proyecto. Solo al final, cuando apenas faltaban dos meses para la cuenta atrás, los más allegados al jefe del proyecto supimos de los obstáculos surgidos, de las duras condiciones impuestas por el gobierno de Golda Meir y de los fallidos pero irritantes intentos de la CIA por hacerse con el control de la operación. Aquellos combates en la oscuridad de los despachos y de la burocracia estatal pasaron inadvertidos para mí y el resto del equipo, enfrascados en la última fase de los preparativos de la aventura. (Ahora doy gracias al Cielo por esta supina ignorancia…) Durante el resto de 1971, así como la casi totalidad del 1972, mi centro de operaciones cambio totalmente. Durante esos dos años, mi tiempo se repartió entre el pueblito de Ma`LuLa, la universidad de Jerusalén y la base de Edwards. La operación Caballo de Troya contemplaba estas dos perfectamente claras y definidas. Una primera, en la que el modulo sufriría el ya conocido proceso de inmersión en masa, forzando los ejes del tiempo de los Swivel hasta el día, mes y año fijados. En este primer paso, como es lógico, permanecería a bordo hasta el “ingreso” a la fecha designada y definitivo asentamiento en el punto de contacto. La segunda -sin duda la más arriesgada, atractiva y fascínante- me obligaba al abandono de la nave del tiempo, he iniciar mis exploraciones, mezclándome con el pueblo judío de aquellos tiempos, convirtiéndome en testigo de excepción en lo relacionado con la vida de Jesús de Nazaret. Ese era mi especifico trabajo. Este cometido -en el que no quise pensar hasta llegado el momento crucial del traslado- me obligo durante esos años previos a un febril aprendizaje de las costumbres, tradiciones más importantes y lenguas de unos común entre los israelitas del año. Buena parte de esos 21 meses los dedique a la dura enseñanza de la lengua hablada por Cristo: el arameo occidental o galilaico. Siguiendo los textos de Spitaler y de su maestro en la universidad de Múnich, Berstrasser, no fue muy difícil localizar los tres únicos rincones del planeta donde aún se habla el arameo occidental. La aldea de Ma•LuLa, en el altiplano, y las pequeñas poblaciones, hoy totalmente musulmanas, de Yubb•adin y Bah•a, en Seria. Y aunque el árabe ha terminado por saltar las montañas del Líbano, contaminando el lenguaje de los tres pueblos, la fonética y morfología siguen fundamentalmente aramea. Una oporuna documentación que me acreditaba como antropólogo e investigador de lenguas muertas por la universidad de Cornell, me abrió las puertas, pudiendo completar mis estudios en la universidad de Jerusalén. Allí contraste mis conocimientos del arameo galilaico, aprendido entre las sencillas gentes del anltilibano, con otras fuentes como el Targum palestino y el arameo literario de Qumran, el nabateo y palmeiro. Por ultimo -como complementario- mi preparación se vio enriquecida con unas nociones básicas pero suficiente de griego y el hebreo mishnico, que también se hablaba en la Palestina de Cristo, recorrí infinidad de veces los llamados por los católicos Santos Lugares, aunque era consiente de que aquel reconocimiento del terreno de poco serviría a la hora de la verdad que iba a presenciar y vivir. Tampoco quise profundizar excesivamente en los textos bíblicos en los que los que se narra la pasión, muerte y resurrección del Salvador. Por razones obvias, preferí enfrentarme a los hechos “sobre la marcha de campo”, sin ideas preconcebidas y con el espíritu libre y abierto. Si mi obligación era observar y trasmitir la verdad de lo que ocurrió en aquellos días -fundados por mis experiencias personales-, lo más aconsejables era conservar aquella actitud limpia y desprovista de prejuicios. Poco a poco fui cobrando conciencia de la sutil elección del general sobre el particular caso de este viaje. En ningún momento -más allá de ser su principal protagonista- tuve una emoción o sentido de devoción por saber que iba a conocer a la familia y como parte vital de mi misión, al propio Jesús de Nazaret. Mi deber no era sentir devoción y sentimientos. Sino ver las cosas desde la racionalidad y la objetiva imparcialidad.

José Revello
(Fragmentos de: “Mis tardes con Don Genaro”)
Derechos de autor Reservados

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