Fragmentos de 280: “Mis tardes con Don Genaro” / José Revello

SOBRE LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.
HISTORIA DE LA ETERNIDAD. (Formación decimal astronómica)
La historia de Micael. (Su misteriosa llegada a la tierra)

CUADRO DE LA EPOCA HISTORICA
Fragmento 280

Historia de José y María. 
“Son las 06 horas. Hora de despertarse, comandante.” 

Odiseo me despertó puntual. Se escuchó un tema. Esta vez moderno y con más ritmo. El ordenador “juzgo” ayudaría a despabilarme. No estuvo tan desacertado. Me desperece y me levante. Había dormido profundamente. Ni siquiera me acordaba haber soñado. Me prepare un desayuno. El modulo estaba equipado con buena dosis alimentos. Me hice un café bien cargado con una porción de barras de chocolate y cereales. Pedí a Odiseo verificación de los datos del tiempo en aquella mañana.
“14,6 grados centígrados, humedad relativa ambiente, 62 por ciento. La dirección e intensidad del viento (ligera brisa del noroeste), sin probabilidad de lluvias”
Tenía buen tiempo por delante. Termine mi desayuno y fui preparándome. Después de verificar esto y otros valores más complejos -de carácter biológico- inicie los últimos preparativos para mi definitiva salida al exterior. Mientras el ordenador vigilaba el entorno, me termine por desnudar, procediendo a una meticulosa revisión de mi cuerpo. Debía desembarazarme de cualquier objeto impropio de aquella época: reloj de pulsera, una cadena con chapa de identidad, obligatoria en las fuerzas armadas y una pequeña pulsera de oro -regalo de cumpleaños de antigua compañera de la universidad- que siempre había usado en la muñeca izquierda. Acto seguido me sometí a la pulverización -mediante una tobera de aspersión- del tronco, vientre, genitales, espaldas y base del cuello y nuca, enfundándome así la obligada defensa que llamábamos “piel de serpiente”. Como ya he referido en otro momento, esta segunda epidermis era una fina película cuya sustancia base la constituye un compuesto de silicio en disolución coloidal en un producto volátil, Este líquido, al ser pulverizado sobre la piel, evapora rápidamente el diluyente, quedando recubierto aquella de una delgada capa de película opaca de carácter atielectrotastica. Su color puede variar, según la misión, pudiendo ser utilizada, incluso, como código, cuando se trabajaba en grupo. Sin embargo con el fin de evitar posibles sorpresas, yo preferí ajustarme una “epidermis” absolutamente trasparente. La operación había estudiado con idéntica escrupulosidad el atuendo que llevaría durante aquellos días. Puesto que debía hacerme pasar por un honrado comerciante extranjero -griego por más señas- los expertos habían preparado un doble juego de vestiduras: una falda corta o faldellín (marrón oscuro); una sencilla túnica de color hueso, un circulo o ceñidor trenzado con cuerdas egipcias que sujetaba la túnica y un incómodo manto o ropón, susceptible a ser enrollado en torno al cuerpo o suspendido sobre los hombros. La engorrosa chamys, que a punto estuve de perder en varios momentos de mi exploración, había sido confeccionado a mano, al igual que la túnica, con lana de las montañas de Judea y teñida con glasto hasta proporcionarle un discreto color azul celeste. Para la confección de ambas túnicas, los expertos habían contratado los servicios de tejedoras de Siria herederos del antiguo núcleo comercial de Palmira, que aun manipulaban el lino bayal. En previsión de un eventual fallo del diminuto dispositivo de transmisión auditiva, que llevaba incorporado en el interior de mi oído derecho, operación al que fui sometido días antes de mi despegue. Aunque podía recibir a Odiseo directamente, por causas que estimara oportuno, cuando yo deseaba abrir mi comunicación auditiva con el modulo, era imprescindible que presionara con los dedos sobre la parte externa de mi oído derecho. Con el fin de evitar suspicacias o posibles malas interpretaciones por parte de los habitantes de Jerusalén, Caballo de Troya había estimado que fingiera una leve sordera por el referido oído. De esta forma, aunque la comunicación con Odiseo debería llevarse a efectos lejos de testigos, el gesto de apertura del canal de transmisión, podía quedar justificada. El general había ordenado que la chamys dispusiera de una hebilla de cinco centímetros con la que poder justificar el pallium o manto sobre mi hombro izquierdo. Esta hebilla de bronce encerraba un micro trasmisor, capaz de emitir mensajes de corta duración mediante impulsos electromagnéticos de 0,0001385 segundos cada uno. De esta forma quedaba garantizada una eficaz y permanente conexión. En cuanto al calzado, habían diseñado dos pares de sandalias, con suela de esparto, trenzado en las montañas turcas de Ankara. Cada ejemplar fue perforado manualmente, incrustando en los bordes de las suelas sendas parejas de finas tiras de cuero de vaca, convenientemente empecinadas. Cada cordón -de cincuenta centímetros- permitía sujetar el rustico calzado, con holgura suficiente para poder enrollarlo en cuatro vueltas a la canilla de las piernas. Un mes antes del lanzamiento -con el fin de simplificar mi aseo diario durante el “gran viaje”- deje crece mi barba de forma desordenada. Con aquel ropaje y mi crecida barba debía verme algo estrafalario, fuera de mi imagen y mi atuendo habitual. Siguiendo uno de las costumbres populares en Palestina de aquellos tiempos, impregne mis cabellos con unas gotas de aceite común. De esta forma quedaron suaves y sedosos. Por último, colgué del cinturón una pequeña bolsa de hule impermeabilizado en la que el proyecto Swivel había depositado una libra romana en pepitas de oro. La libra romana equivale a unos 326 gramos, aproximadamente. La evidente dificultad de conseguir monedas de curso legal, de las manejadas en Jerusalén, en el año menos 6 como así los años subsiguientes, había sido suplida por aquellos gramos de oro, extraídos especialmente de los antiquísimos filones de Tharsis, en las estribaciones de la sierra Ibérica de Las Camorras. Según nuestros datos, no por qué ser difícil cambiarlos por denarios de plata u monedas fraccionadas como el as, óbolo o sestercios. Según nuestros estudios, en aquella época, el “estater” ático o patrón oro griego (de 8,60 gramos) podía guardar una relación o equivalencia de 1 a 20 respecto al denario de plata de unos legal en Jerusalén. Aquella pequeña cantidad de oro puro suponía alrededor de 758 denarios dinero más que suficiente para mis necesidades durante los días de permanecía en la zona, si tenemos en cuenta, por ejemplo, el precio de todo un campo oscilaba alrededor de 120 denarios, (Cada denario de plata se dividía en 24 ases, con un as era posible comprar un par de pájaros) Odiseo -siguiendo su normativa- verifico por enésima vez los sistemas de transmisión, ampliando la banda inicial de recepción desde los 10.500 pies (3048 metros) a 15.000 (4572 metros). Antes de la toma de tierra, los equipos electrónicos habían medido la distancia existente entre Betania y la ciudad santa -siguiendo el curso del camino que rodea la cara del Olivete- arrojando un resultado de 8325 pies (2537 metros aproximados). El escenario donde debía moverme en aquellos días había sido limitado justamente entre ambas poblaciones -Betania y Jerusalén, con el pequeño poblado de Betfage a corta distancia de la aldea de lázaro-, por lo que, presumiblemente, mi distancia máxima respecto al módulo (que se hallaba en un conclave equidistante de ambos núcleos urbanos) nunca debería ser superior a los mil pies (304 metros). El margen establecido para la transición y recepción auditivas entre Odiseo y yo era, por lo tanto, más que suficiente. Siendo las 12 horas, dispuesto a mi salida, puse mi mano en los controles y le transmití un familiar y emotivo saludo a mi ”compañero” en misión.
-Nos vemos hermano mío… vigila el modulo y presta atención a mis contactos. Cuida de todo aquí en mi ausencia.
“Así será comandante, no debes preocuparte. Estaré alerta. Suerte”
La “voz” del ordenador infundio seguridad, yo conocía su magnífica maestría. Accione la escalerilla de descenso y salte a tierra firme. Por primera vez en mi vida, mis pies sintieron el polvo del monte de los Olivos…

 

José Revello

(Fragmentos de: “Mis tardes con Don Genaro”)
Derechos de autor Reservados

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