ECOS LEJANOS LLEGANDO A MI SOLEDAD (Fragmentos de: “Similitudes del tiempo”) / José Revello

José Revello

ECOS LEJANOS LLEGANDO A MI SOLEDAD

No es lo que siento, mirándote. No es lo que no descubro, en tu mirada distante. No es mi silencio, amándote. Ni mi fervor por darte quizás… un abrazo. No es que no sepa decirlo. Es que no me atrevo. No me animo hacerlo. Es como la frio estepa que congela mi ansia, que enfría mis palabras, hasta hacerlas brisa de la nada, casi estaca de mi corazón. No es nada de todo eso que es casi un volcán. Es que yo soy casi un niño -si ocho años tengo- y tú eres mí maestra. Eres la más joven de la escuela. Si casi saliste de la adolescencia. Si quizás me llevabas poco más de 10 o 12 años. Pero estabas lejana, inalcanzable, en mi casi “virgen” sueño, como callado pudor de serlo en silencio. Pude intuir mi amor vino injustamente a destiempo, mi amor, un esmero que no podía aflorar en tu tiempo. Seguramente serías recuerdo. Pero nadie quita haberte amado sin saber yo cabal inexperto lo que es ser pasional. Curiosamente conocí tu nombre, pero no tu apellido. Para nosotros en el grado fuiste “la señorita…”. Pase de grado, pero cambie de escuela. Del amor supe con el tiempo, por experiencias afectivas, relaciones no duraderas pero dejaron sus frutos. Hubo cosas buenas, discrepancias, enojos y reconciliaciones. Pero el amor de los que perduran venciendo el tiempo, no había llegado aún del todo. No porque mujeres conocidas no valieran, sino cosas de las relaciones. Pero fiel, adentro, tierno en mi infancia, fue el cariño por mi maestra. Aquel recuerdo fue alimento cuando a veces triste o tal vez jugando con sensaciones, seducciones y sensualidades, buscando sentir y conocer. El realidad, ir creciendo. Pero en aquel vivir, jugar y aprender en mi fondo, sostuve el recuerdo amoroso de mi maestra. Y un día no sé cómo me hice a la aventura de buscarla. Estaba en mi soltería. Y ella posiblemente con su familia. Yo pasando la barrera de los 20 años. Pero ¿ella cuánto podría tener? Como muy justo supuse pasando la barrera de los 30 años. Seguramente siguiendo su maestria, no por cierto en mí antiguo barrió. Y así afloro -se intensifico- ese recuerdo. Pero aquella escuela era privada. Y al volver al barrio encontré una casa grande con su fondo -donde estaban los juegos- como propiedad privada de una familia que hacía años la disfrutaba. No pude obtener ningún dato ni paradero. Fue al ministerio de la docencia. Ahí quizás, por la fecha, lugar y la escuela, podría saberlo. Pero no existían datos. Lo que ocurrió es que las fichas de maestras y docentes por aquella época se registraban en las localidades correspondientes. Unos años después, se centraron todos sus registros en un solo organismo, como sede oficial. Pero los registros partieron del año que se estableció. De ahí para atrás los datos se perdieron. Y habiendo sido aquel año que asistí a tu grado, escuela privada, no quedaste registrada. Pensé sería más fácil mi búsqueda. Pero los escollos se doblaron. En mis peripecias encontré a mis compañeritos de grado (8 de los 16 que fuimos, los que se habían quedado en el barrio), ahí recordaron la edad que tenías: 19 años. Recién salida “del nido” como maestra. Así fuimos tu primer grupo. También con pesar de los padres te habías ido de la escuela y del barrio, al año siguiente. Por ese desacierto de información, comenzó mi odisea. Si bien mis en mis compañeros descubrí con agrado también la recordaron con cariño y se sumaron a mi locura, yo fui el lobo solitario que emprendió tu búsqueda. Fueron largos meses de ir y venir en trenes y colectivos. Fui a las escuelas que seguían por ser del estado en mi barrio. Sus maestras, incluso, directoras, se sintieron encantadas con la historia. Fueron las que más ayudaron. Pero los esfuerzos fueron vanos. No pudieron averiguar nada. Fui yendo a los organismos relaciones con la escolaridad. Pero nadie supo de tu paradero. Ni siquiera sabían tu nombre completo. Los frutos de aquella búsqueda, fue mi reencuentro con mis compañeros, fuimos conociendo nuestras historias entre mates y asados. Lo que los años hicieron con nosotros. Pero eras la ausencia. Necesitaba saber que había sido de tu vida. Los caminos parecieron cerrarse en la encrucijada de ser casi fantasma por un cambio de sistema. El tiempo fue pasado con las puertas cerrándose. Pero un día me llamaron por teléfono a casa, era una madre del barrio. Me pidió fuera y llevara la foto que conservara del grupo junto con mi maestra, sacada aquel fin de año, me dijo era para mostrárselas a una amiga que habían conversado sobre el asunto. Le dije no había problema y al día siguiente, por la mañana, fui para allá, como otras veces visite el barrio. Pero aquella vez hubo una señal. La madre me recibió con especial ánimo. Me dijo que creía tener noticias de mi maestra. Ella había comentado con una vieja amiga mis vicisitudes, y esta señora comenzó a recordar y atar cabos. De ahí que supe esa casa, donde ahora vivía, precisamente, por esos años en cuestión, había pertenecido a la familia, cuya joven hija fue maestra de mi escuela ¡Dios santo! En esa casa había vivido aquel año la que estuvo en nuestro grado. La Providencia de pronto pareció unificar sus hilos invisibles. Desde aquel día todo comenzó a esclarecerse. Esta señora quiso hurgar y buscar información. Y ahí que a cuatro cuadras de su casa, donde vivía otra vieja vecina, dijo conocer una de sus cuñadas. Los “hilos invisibles” continuaron tejiendo. A la espera fuera una sorpresa, siguió su investigación que, por cierto, lo que me había llevado casi cuatro años de infructuosa búsqueda, esta señora lo resolvió en cuatro días. Esa mañana, de plena revelación, sin contener mis emociones, supe su familia se había ido a vivir a 350 kilómetros de aquel barrio, por la zona oeste. Seguías como maestra en una escuela pública. Tenías 39 años cumplidos. Yo contaba mis 28 años. Te habías casado y eras madre de una hermosa nena de 10 años. Las mujeres averiguaron el domicilio de la escuela. Y para mi otra sorpresa, tenían el teléfono de mi maestra. Pensaron en sorprenderla. Y como yo fui el único que “movió el avispero” de aquella tierna historia, consideraron debía dársela, de ser posible. Después se vería el grupo. No sabíamos ciertamente de su familia. Es fue su propuesta. Pero en realidad fue un ardid. Lo que no sabía era que se adelantaron y hablaron con ella, fueron contando mi odisea, -dijeron que me recordó-, la cual se mostró conmovida. No podía creer un ex alumno después de años quisiera encontrarla. Hubo otras conversaciones telefónicas. Aquel día que nunca olvidare dijeron uno disponía de un coche y habían acordado me llevara a la escuela. Ella salía a las 16 horas. No puedo describir lo que sentí. Fueron casi cuatro años de búsqueda. Y esa tarde la vería ¡me reencontraría con mi antigua maestra¡ mi primer amor de casi infancia. El camino -algo más de una hora de viaje- fue sobre un torbellino de sensaciones. Mi corazón parecía salirse de mi pecho. La emoción fue de todos, realmente. Cuando llegamos, las madres estaban recibiendo a sus hijos en la puerta del colegio. Yo muy emocionado salí del auto. El hombre que me trajo quedo adentro. Quizás entendió era mi momento. Estaban las maestras afuera. Te busque entre ellas quise saber si podía reconocerte. Solo vasto verte. Mi corazón dio un vuelto. A su vez la emoción y los recuerdos. Eras una mujer. Pero apenas habías cambiado. Seguías linda, sencilla y expresiva, como te recordaba. Tu amor a los niños fueron casi nuestras raíces. Me quede mirándote burbujeando mis sensaciones. Cuando se fueron retirando los chicos, miraste a donde estaba, creo me habías visto y, seguramente, también me reconociste. Sin más, sonrojada por tu propia emoción, viniste caminando a donde estaba. Yo seguí mis pasos a tu encuentro. Te veía venir como en un sueño. Me llamaste por mi nombre. Nos abrazamos y preguntaste como estaba. Y casi con lágrimas en los ojos me agradeciste que nunca la olvidara. Aquel deseado encuentro fue de poco más de una hora. Ahí supe que habías enviudado hacía tres años. Tu pareja se había accidentado. Pero fueron los principios. La segunda vez conocí a su hija y sus padres. Y la tercera fue con el grupo. Nos vimos en un café, realmente emocionante para todos. La relación con ella, en especial, a partir de aquel mágico momento, fue abierta y duradera. Llegue a confesarte mi amor por ella -loco amor de infancia-, me agradeciste por mi cariño. Pero los hilos misteriosos propusieron lo impensado. Fue los tiempos y la comunicación. La confianza y la bella manera del reencuentro, fluctuó un día en un beso disparador, pasional y unificador. Y nos descubrimos amándonos. A los seis años del inicio de mi búsqueda, y al año y medio del encuentro, decidimos vivir juntos como pareja. Pero antes fue propiciado por aquella niña, huérfana de padre, quizás la primera decisión, cuando me dijo quería que viviera con ellas. Así de simple e increíble se realizó. Me eligió su hija antes que la madre. Las amo con el alma. Pero llevo su tiempo asimilar mi antigua maestra mi infancia fuera mi pareja actual. Cuando mi maestra, ahora mi esposa, cumplió los 42 años, me dio la noticia de restar esperando nuestro propio hijo. La más agraciada fue su hija, la emoción de tener un hermanito. Es mi historia. Y ojala fuera también del mundo.

José Revello
(Fragmentos de: “Similitudes del tiempo”)
Derechos de autor Reservados

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s