El diario de un poeta (Capitulo 1) / Silvia Ortiz

Silvia Ortiz

El diario de un poeta

Capitulo 1

Siempre fui inquieta, siempre, por esa inquietud tan desbordada me metí en cada lio, hoy conservo los sabores y colores de esos días. Mi madre, extremada madre, ella de convicciones teológicas, de madera y acero, la de limpia ceguera, la fe indescriptible habitaba generosamente en mi madre, ella sostenía en su vientre a mis dos últimas hermanas, ya mi padre la había abandonado, ya mi madre fue arrojada al mismísimo suelo y yo lo vi. Éramos siete hermanos bajo el amparo de mi madre, nunca desistió de patrullar nuestra escuela, las lecturas que en su criterio eran de gran importancia, la suma teología era mi madre, hizo lo que pudo y lo hizo bien, diría yo extremadamente bien. Yo la cuarta de mis hermanos, la pequeña Silvia anotaba en mi memoria cada gesto u ocurrencia de mi madre, y hasta discutía con ella y solo tenía siete años, no más. Mis hermanos eran otra cosa y no sé porque razones recuerdo muy poco de ellos, o tal vez, no deseo recordarlos porque la presencia de mamá Candelaria lo invadía todo, yo me ofrecía generosamente para todas las preocupaciones que ella portaba, no deseaba verla triste, en su mayor tiempo lo hacía, la vi llorar en silencio, muchas veces, el día de su muerte, octubre del 2013 amanecí con ella en un frio pabellón del hospital Loayza, era mi turno y debía asistirla y como cosas del destino murió al concluir ya la guardia, esa madrugada, la abracé tantas veces, y cuando ella dormía de sus dolores, asistí a otros enfermos que de soledad padecían. Siempre he guardado silencio y esa noche fue más la soledad y el frio tenso de un hospital al que yo pretendí derrotar, eran cosas mías.
Les había dicho anteriormente que yo era una chica muy grande, maduré ante los ojos de mi madre, hemos vivido con ella momentos muy angustiosos, días enteros con un solo pan en la boca y les aseguro no era fresco pan, un poco de té repasado tantas veces, era una agua caliente, y eso era bastante. Nunca vi quebrarse a mi madre, nunca derrotada, solo lloraba secretamente, fui yo la inquieta de las hijas que asomaba en su privacidad, y le robaba besos que ella jamás entregaba. Era yo muy pequeña, en la escuela no hice los grados menores, me pasaron al segundo, y yo feliz relataba las clases que diariamente recogía, el asunto era que mi madre me pedía vigilar a mis hermanas mayores y en sus salones yo también aprendía, Tantas veces faltaba el pan, y yo reía, ¡yo voy les decía!, el dueño de la panadería era un japonesito hermoso, con un cabello blanco y al que yo ya quería, tenía mucha frescura, era una pequeña niña, juguetona, cordial y aproveche esos dones para que por unos cuantos soles, no eran tantos, apenas eran, me hacía esperar para entregarme dulces y el pan que yo adquiría, ¡pan frio le decía, pan frio señor! con mi poca estatura, nunca acepte los pastelitos que de veras presumía una delicia , pero él me cogía las manitos y con cálida voz me decía, ¡anda llévale a tu madre!…eso lo tengo clavado, justo aquí en la hechura de mi alma.

Silvia Ortiz, EEUU. 09.17.18, Derechos@reservados

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