Fragmentos de 299: “Mis tardes con Don Genaro” / José Revello

José Revello

SOBRE LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.
HISTORIA DE LA ETERNIDAD. (Formación decimal astronómica)

La historia de Micael. (Su misteriosa llegada a la tierra)
CUADRO DE LA EPOCA HISTORICA

Fragmento 299

Historia de José y María. 


Ni bien nos sentamos, con los chiquilines sentados con sus padres y otros en mesas individuales, las mujeres a cargo de la improvisada atención -sobrinas y primas de la pareja- empezaron a distribuir copas y dos garras de vino en las mesas de adultos y otras garras con los niños, parecía contener una especie de “sangría”, presumiblemente, sin alcohol. Luego supe que era un zumo de frutas aprisionadas con el aporte de hierbas, previamente trituradas y mezcladas con agua, dándole sabor un gustoso, al menos, los chiquilines lo tomaron sin chistar, por cierto nutritiva y natural, Después supe era un brebaje muy usado en la mayoría de las casas de Palestina, dentro de la clase más sencilla y pobre. José -el padre de Jesús- se había sentado junto con otros vecinos cerca de la entrada de su casa. Se había aseado y cambiado de ropa, y su pelo y corta y cerrada barba negra, untado con gotas de aceite, muy usado y habitual en aquella época. Ahora lucía una larga túnica de varios colores. Lo observe detenidamente. Ameno y sonriente seguía la conversación de los invitados sentados a su alrededor, pero note su semblante se mostraba reservado, tal vez pudiera pasar -para quien no lo conociera- como una persona con rasgos de timidez. Por mis estudios e investigaciones realizadas en mi entrenamiento para el proyecto Swivel en Palestina, rastreando posibles datos de su persona, tenía cierto nivel de información, que debía ser investigado sobre “ruta de campo”. Esa noche en Nazaret, como testigo presencial, llevado por mis primeras impresiones del adolescente, empecé a intuir que su manera de actuar e interrelacionar era reservado por su naturaleza, dispuesto a dialogar cordialmente, pero sus palabras salían mesuradas y siempre pensando sus respuestas. A pesar de su lozana juventud, evidentemente, su personalidad se orientada a lo que fue su modo de ser como hombre adulto y jefe de familia. Unas cualidades que justo y sabiamente heredo el Maestro de su padre terrenal. En eso María salió de la casa. Se había sacado el delantal de cocina y cambiado. La niña mujer tenía puesto una túnica azulada con algunos brillantes en su cuello. Un pañolón verde le cubría la cabeza. Observe se había delineado los ojos con ligero tinte negro y sus parpados, un celeste suave. Los labios de un rojo algo apagado. Es decir no tan llamativo. La verdad estaba preciosa. Aquel maquillaje más bien sencillo y el oportuno vestido resalto su natural belleza. Sin duda había cumplido durante toda la tarde con su ayuda a los preparativos de la comida y adornos. Una de las primas de Ema -la de mayor edad- se hizo cargo de la cocina y servicio de la noche, junto con las jóvenes que la acompañaban. Evidentemente, la madre de Jesús se dispuso a disfrutar de la fiesta como invitada que era. Se sentó al lado de su marido. Se agarraron de la mano y se besaron. Se dijeron algo despacio. No tenía que ser muy imaginativo para suponer algo amoroso. María gustosa se incorporó a la conversación que se venía sosteniendo en la mesa. Inmediato al servicio de las bebidas, comenzó el servicio de la cena. Las jóvenes que oficiaban la atención, salieron de la casa despacho de María con varias viandas, y otras dos con grandes y redondos bol de madera repleta de rodajas de pan de higo, era lo que vendría a ser el primer plato. Fueron primero a la casa de Jacob y Ema, sirvieron a los allí presentes, luego a sus hijos y después partiendo de otras casas vecinas, siguiendo luego la hilera de mesas en el piso, dejaron la comida con generosas hogazas de pan en una pequeña canasta dispuesto en su centro. Ni bien los depositaban se daban a engullir el alimento con evidente apetito. Cuando llegaron a nuestra mesa depositando los panes y las viandas correspondientes, observe unos instantes lo que me disponía a comer. Se trataba de una generosa ración de varios quesos y embutidos cortados, lo acompañaba un colchón de verduras cortadas y algunas hortalizas, levemente rociada con un aromático y gustoso líquido, preparado con aceite y -luego supe- cuatro especies que, previamente, se dejaba macerar una hora con un espero vino, de generosas propiedades, usado mucho en la parte culinaria, no solo en Palestina sino en todo el imperio Romano. Las verduras fueron rociadas con el oportuno condimento. A un costado de la misma vianda, había un pequeño vaso circular, comprobé contenía un líquido espeso de color negro consistente, y lo que vendría a ser un cuchillito de madera, entendí sierva para untar esa porción. Observe que todos -como si fuera un condimento habitual y utilizado en la cocina- untaban un pedazo de pan con el líquido espeso, ponían el queso con lo que gustasen. Comencé a cenar con apetito. Sinceramente salía delicioso. El líquido espeso negro era suave y ligeramente dulzón, pero sin resaltar ni resultar empalagoso, daba sabor y prestancia al queso y lo que acompañara. La ensalada era un cordial y nutritivo complemento. El plato se dejaba comer con gusto y los sabores eran equilibrados. Pronto fueron terminando, mientras las voluntarias iban levantando las mesas, se reanudaron las alegres conversaciones. El hombre sentado a mi izquierda, un tal Eleazar, me envolvió en una conversación relacionada con su trabajo, era socio de una tienda de ramos generales, según me dijo, pero a la larga resulto atrayente, ya que menciono el hijo de uno de sus socios, residía en Belén y había abierto en esa ciudad otra tienda. Estaba casado con cuatro hijos y hacia unos meses había terminado de levantar su casa. Contaba con varias habitaciones. Preste atención y tome debida nota. Tal vez podía resultar interesante.

(Fragmentos de: “Mis tardes con Don Genaro”)
Derechos de autor Reservados

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