Poemas de Marlene Pasini

Poemas de Marlene Pasini
 
 
Lejos desde la noche
 
Para Taby
In memoriam
 
Vuelves rondando caminos invisibles,
el viento es la patria que te arrulló con sus alas de indulgencia,
arrecifes de aire para el mar que estrella su lamento
sobre la noche de tu sueño.
 
Gravita niebla, su resplandor contra tu rostro,
el cristal donde vislumbras el fondo del ayer,
los restos de un tiempo sin tiempo en el temblor de tus visiones.
 
¿Qué murallas derriba tu voz en el sigilo de la noche?
 
Esa distancia que cae como un telón entre el vacío y la memoria
ardiente de los días.
 
¿Qué emisaria luz convocas desde el jardín insomne, bajo las piedras
que resguardan el color de las eneidas?
 
Semejante a rumor de fábula,
creciente llama en el umbral desierto,
te miras en un espejo de humo
y eres el humo mismo que arde al otro lado del inmenso túnel;
vértigo con sabor a pálida marea,
agua muda donde anclaste el árbol de tu misteriosa sombra.
 
Pides al alba que desgarre su luz
donde la soledad es el rito acostumbrado
bajo el polvo de los siglos,
bebes tu copa de miedo bajo la sal de los augurios,
el aposento más oculto entre la urdimbre que maquina el destino.
 
Y llegaste poco a poco a fundirte en el silencio,
a ser la brizna que golpea indiferente,
un cuerpo de bruma sumergido en su Orión de seco escalofrío,
con tu mañana envuelta en burbuja inmóvil,
último eco de arena pasajera.
 
Pesa en ti la estación de la nostalgia,
la demencia gris de la tormenta pudriéndose en la boca oscura de la tierra.
 
¿A quién le clamas por este abismo?
 
Canto mutilado de cuervos que horadan el profundo cielo.
 
 
 
Obsidiana
 
Olor a niebla
disuelto entre mis manos.
 
Extraña sombra
desdoblando sus contornos.
 
Erosión mineral del tiempo.
 
Ignoro
la sucesiva escritura de la noche,
su altitud de universo disgregado.
 
Soy apenas murmullo
en la eternidad del vértigo.
 
Esta penumbra:
diluvio de obsidiana
 
es hiedra enraizada
hasta la recóndita
ramazón de mis huesos.
 
 
 
Xinantécatl
 
Estación de agua
sobre la copa de sauces.
En brillos derramados
pupilas de lluvia
diluyen caminos de otro tiempo.
 
La tarde se cierra.
 
Ocre resplandor envuelve
en taludes de aguanieve
la cúspide volcánica.
 
Tajada de tiempo,
en las alturas el silencio,
alas de águila sueñan
ser la luz del relámpago,
el imperio de los dioses.
 
Desde las lagunas del cráter
ascienden vahos de azufre
y antiguo copal,
mientras un dios lluvia
vigila su oro azteca,
su códice de astros.

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