Nidia Marina González Vásquez (Costa Rica)

Nidia Marina González Vásquez (Costa Rica)
 
Nidia Marina González Vásquez (1964). Artista Plástica, docente de la Universidad de Costa Rica y poeta. Como artista plástica ha expuesto numerosas veces en distintas galerías del país, con obra plástica en técnicas mixtas, collage, dibujo y acuarela. Como escritora publica desde muy joven en periódicos y revistas. Su trabajo ha sido antologado en: Antología de poetas ramonenses, Vargas y otros 1999, Voces tatuadas”, crónica de la poesía costarricense 1970-2004), “Poesía del Encuentro”. Editorial Meidaisla, Miami 2010, “Mujeres poetas en el País de las Nubes”, XVI Encuentro Internacional, Oaxaca, México 2008), “Sostener la palabra”. (Editorial Arboleda, 2007), “Al hidalgo poeta” XIX Encuentro de poetas Iberoamericanos en Salamanca, España, No Resignación, Salamanca 2016, “Las costuras del sueño”, 15 poetas costarricenses contemporáneos, 2020, Mujeres poetas de Costa Rica, Antología bilingue 2020. Ha publicado los libros: “Cuando nace el Grito” 1985, Instituto del Libro, Ministerio de Cultura Juventud y Deportes ,“Brújula extendida“ Editorial EUNED, 2013, “Seres apócrifos” Uruk Editores 2015, “Objetos perdidos” Editorial EUNED 2015, “Bitácora de escritorio y otros viajes” Editorial EUCR 2016, “La estática del fuego” EUNED 2019.
 
 
 
Poema de amor
 
Un atisbo de luz en la ceguera,
unos lentes bien graduados.
Mirar por el telescopio Kepler y ver galaxias en unas simples manos,
en una patita diminuta, en una cola, o en las nervaduras de la yerbabuena.
Un pedazo de tierra para hacer florecer el maíz,
una selva húmeda y prodigiosa, plena de pájaros, abejas y seres invisibles.
Asomarse a unos ojos: los tuyos
como si fueran los ojos de todos los seres y llenarse de júbilo, expandirse. Recaer en la dulzura infinitas veces.
 
 
 
Tinta en tiempos de pandemia
 
I
El ojo con el que escribo a mano alzada parpadea en la oscuridad de estos días y no sabe por dónde tirar de la primera línea
Olvida el rastro de la tinta en el agua,
moja el papel para que se deshaga.
Duermevela sin fondo del párpado que trabó su mecanismo neural.
El ojo con el que escribo baja a la piel de la manzana y esconde el sonido
en el crujir de su superficie cuando es mordida.
Se hunde en una mandarina
y acaba preso de los tomatillos silvestres.
Creo que está ciego de ver por la ventana y escapar en el astral
para doblegar el óxido de lo imposible.
Sobrevuela los muertos sin hospitales de la pandemia
los muertos sin entierro, ni recordatorio.
Este ojo mío y no mío acostumbrado al grafismo de mi mano zurda
detiene los días y todavía no sabe qué hacer con ellos,
cuánto miden, hasta cuándo irán marchando atados al encierro
del control que amenaza la posibilidad de ser libre,
mientras se devela el asco de los rincones
más injustos y desiguales,
o salen las manos a regalar ternuras impensadas.
Este ojo no encuentra el reflejo para ver el otro,
el que lo completa.
 
II
Busca la mirada un silbido de ocarinas en el aire que dicen está más limpio,
mi oído entre grillos sospecha del silencio y se alegra.
La sal de la piel se reconoce estalactita diminuta.
Mi ojo que escribe
necio
cejudo
volador
se pliega sobre si mismo y al fin enterrado en su párpado
un sabor a tinta,
una rama de lluvia entre los pericos que arman la fiesta en el aire,
el recuerdo de viejos reflejos duplica la mitad de la simetría.
Desdoblado
pronuncia algo que se parece a dos palabras con doble pupila,
Se abre hacia adentro
y rompe los candado que pusieron afuera.
 
 
 
Ontología del llanto
 
Nombrar es invocar
hacer que la imagen nos toque la epidermis
y traspase las sombras que la desdibujan.
Nombrar es ahondar en la memoria que llega encadenada a un grito
apenas audible.
Al latido de una muchacha que fui,
el de un Chamán que fui, una guerrera, un muchacho o una anciana.
Puede ser que invoque el nombre olvidado de la niña que se perdió
en el desierto de Atacama: Eluney, Sayen, Ailin, o nada más Ana.
Y Marina multiplicada y reducida a un cuerpo,
a un ruido constante en el oído izquierdo que choca contra las rocas
del desierto,
a varios siglos de distancia o a un mordisco de tiempo.
Centro de muchos centros buscándose en espiral,
entre el olvido y lo que se ve (epidermis apenas).
Invocar el apunte, garabato que recobra la voz,
invocar el citrino que me falta, las piedras que perdí en Ciudad México.
Bajo la superficie del ruido: aullar, ladrar, piar, maullar.
Llorar también es nombrar lo que no sabemos cómo se nombra.
 
 

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