Luis Esteban Rodríguez (Costa Rica)

 

Luis Esteban Rodríguez (Costa Rica)

Nació en Turrialba, Costa Rica en el año de 1979. Poeta, novelista y fotógrafo. Realizó estudios en ingeniería de sistemas en la Universidad de Costa Rica y la ULACIT.
Actualmente labora para el Ministerio de Educación en la función de analista de sistemas. Forma parte del equipo de gestión cultural de Turrialba Literaria como facilitador de talleres literarios y productor de recitales y festivales poéticos.
Poemas de su autoría aparecen en la revista Cartago Mío (Costa Rica, 2017), la antología Voces del Vino (Proyecto Palitachi, Nueva York Poetry Press, 2018), la 5ta Edición de la Revista Literaria Come Libros (Costa Rica, 2020) y las revistas digitales literarias Altazor de la Fundación Vicente Huidrobro, Raíz Invertida y Norte/Sur.
En el año 2018 publicó su primer poemario: La voz que duerme entre las piedras (Nueva York Poetry Press).
 
 
 
ARCHIPIÉLAGOS
 
Sobre la calle
nos lleva la marea,
pertenecemos a un banco de peces
pasivo-agresivos,
y si pudiéramos encallar
quisiéramos hacerlo en esos archipiélagos
a los que llamamos familia.
En cambio torcemos la cara
si reconocemos a uno de nuestra clase,
a otro de los exiliados del paraíso.
Y seguimos con la corriente
hacia aguas menos frías.
 
 
 
JAGUAR QUE SUEÑA CON LA POESÍA
 
“En mi cabeza tuve pájaros,
sobre mis piernas un jaguar”.
 
(“El canto del Usumacinta” Carlos Pellicer)
 
 
I
 
En un rincón del bosque tropical,
oculto entre el alto dosel,
debe estar durmiendo un gran jaguar.
Lo arrulla el gorgoteo de la lluvia mañanera
y un coro de croares en éxtasis.
 
Sobre las ramas,
danzan los esqueletos de quienes fueron sus presas
rindiendo tributo al Señor de las Sombras,
última cosa que vieron en vida.
 
Hacen ronda en torno a su cama de hojas
dejando escapar un tintineo de huesos que chocan,
desnudados ya de carne por las hormigas y los escarabajos
volverán a su tumba vegetal
cuando la penumbra regrese y el cazador despierte.
El jaguar es un fantasma entre los bejucos,
un relámpago de tiniebla,
sin ruido ni huellas
solo una promesa de muerte que avanza y acecha.
 
II
 
Dicen que cuando el jaguar duerme
sueña con un poeta que corre por la selva
con la misma gracia que él lo haría.
El poeta lleva en su pelo
parvadas de pájaros que echan a volar
cuando abre la boca y lanza
estrellas nacidas de su palabra,
que crea y llena de espesura al sotobosque
y de hojas húmedas al suelo,
donde rondan las culebras y crecen los hongos;
palabras que oxigenan las aguas del río esmeralda
en el cual se alimentan los peces
del liquen que crece en las piedras ahogadas.
Un día conocerán la barriga del jaguar
para unirse a su compañía de esqueletos.
 
III
 
Y yo te veo a ti Creadora,
con tu cabellera llena de pirangas
mientras que al hacer palabra
destruyes y renuevas el tiempo,
derribas la montaña para alzarla más alta,
y no caminas, sino que vuelas sin poner tus pies en el fango
ni tropezar con la tarántula o quebrar el balance,
traes la tormenta que rejuvenece las raíces
enterradas muy profundo en la tierra
y las inútiles cuentas que hacen los siglos.
 
Y si así te sueño, Creadora,
debe ser, por tanto,
que yo he de ser ese jaguar
que quizás duerme
llenando sus manchas de madrugada.
 
 
LA AUSENCIA
 
“De las siete especies de tortugas marinas en el planeta,
seis habitan las aguas de América Latina y el Caribe.
Todas enfrentan el drástico impacto del cambio climático.”
(Organización World Wild Life
 
“Tortugas Marinas: amenazas y soluciones”)
 
Por cien millones de años,
desde antes de que el hombre
imaginara a sus primeros dioses
y los demonios que asustan su memoria,
la tortuga ha venido a esta playa
a encontrarse con la luna y las tempestades.
Es una fruta que emerge de las olas,
para sembrar en la arena negra
las semillas de sí misma,
en los surcos labrados con su sal.
 
Y el jaguar, que es un invitado tardío,
ha comulgado junto a la tortuga
con sangrienta puntualidad
desde el amanecer de su clase,
despidiendo a las viejas y moribundas
con el respetuoso filo de sus colmillos.
 
Un hambre nacida de todos sus ancestros
le ha guiado hasta el mar para retar su inmensidad.
En su saliva reconoce la cita
a la que desde la espuma,
asistirá el manjar que acumula en sus arrugas
la sabiduría de las rutas oceánicas
y los pozos que no admiten la luz.
Por cien millones de años, quizás más.
Pero este día la tortuga no ha venido
y el jaguar, solitario, es una pincelada
de nostalgia sobre la playa,
un huérfano en el viaje hacia el futuro
que es la bocaza negra de la humanidad.
 
En algún lugar del océano,
la última tortuga
se ahogó entre mi pecho y el olvido.
 
 
 
TERMONUCLEAR
 
¡Yo no tengo nada que ver con una bomba!
― Lise Meitner
 
I
 
Somos hijos de la gravedad,
y del corazón
nos hala una mano
hasta la cárcel de nuestra habitación.
Nos amontonamos con los ojos cerrados
mientras un veneno baja desde el sol.
Al final seremos motas inestables.
 
II
 
Una gota cae sobre mi pupila
que a la escala correcta es un océano
desbordado en relámpagos de agua.
Entonces corremos en direcciones desordenadas
dejando cuajos de humanidad tirados en las calles;
crecen formando copias huérfanas
de nuestro antiguo yo,
y se postran temerosos en galerones de egoísmo.
Bajo este nuevo orden teórico, echan a andar otra vez
chocando entre todos
y se repite el sin sentido.
 
 
LA ERA DE LOS AGUJEROS NEGROS
 
I
 
Al final triunfará el frío.
Encendimos innumerables veces al sol de la muerte
y nos elevamos con él, irradiando nuestra soberbia,
una lluvia que gasta
en los últimos repicares sobre el tejado
al gas que mueve la máquina que convertimos en Dios.
 
El futuro es rojo
una carrera a todo pulmón lejos del corazón original,
rojo y silencioso,
una estación entre las colisiones de los mercados
que distribuyen la soledad,
una isla momentánea
desde la cual ya no recordaremos nuestro hogar.
II
 
Cierro los ojos a la necesidad de mi vecino
y frente a mi aparece
un cementerio estelar,
solo queda la música y nuestra voz,
la música que hala mi pecho enfermo
hinchado de soledad,
blanco y frío, un cuerpo que lleva
demasiado tiempo bajo el agua
como un niño al borde de un océano bursátil
que se evapora en expectativas.
 
III
 
Es la muerte, el hambre irreparable de la muerte
el último destello visible
antes del silencio. Un hambre que se colapsa
sobre sí misma y todos,
un desfile de apetitos finales
devorándose unos a otros hasta desaparecer.
Son los cadáveres hiper gravitacionales
bocetos de tu poeta adolescente
el desplome de un clúster de ideas enfermizas,
palabras encubiertas
subir la colina equivocada
flores secas
agua manchada,
tu nombre desperdiciado bajo una lluvia de metales
y al final, la nada,
la era oscura
esta noche verdadera que sigue
rauda
hasta donde ya no puedo ver,
innegociable,
para alguna vez, sin nosotros
especialmente sin nosotros
ni testigos
desde el vientre del silencio
 
 
recomenzar de un sonoro golpe.

 

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