Silvia Castro Méndez (Costa Rica)

 
Silvia Castro Méndez (Costa Rica)
 
Costarricense por nacimiento y española por adopción. Poeta, filósofa e historiadora de la ciencia. Sus estudios superiores los realizó en las universidades de Costa Rica, Pittsburgh y Zaragoza. Sus dos primeros poemarios obtuvieron el Premio de la Editorial de la Universidad de Costa Rica y, en el año 2010, su libro Agua –publicado por Torremozas- fue galardonado con el Premio nacional de poesía “Aquileo J. Echeverría” de Costa Rica.
 
Como poeta ha publicado:
 Las huestes del deseo (1998, Costa Rica: EUCR); Vértice del milagro (2000, Costa Rica: EUCR), Ruvenal de mil amores: Variaciones sobre un tema de Esopo (2005, cuento-poema para niños, Costa Rica: EUNA-EUNED); Agua (2010, Madrid: Torremozas; y 2011, San José: Editorial Costa Rica); Señales en tiempo discreto (2011, Madrid: Amargord); Mester de Extranjería (2015, Madrid: Amargord);
y La náufraga (2019, Madrid: Torremozas), Animal aterido, (Madrid: Del Centro Editores).
Además, poemas suyos han aparecido en revistas y en antologías en España, Estados Unidos de América, Argentina y Costa Rica.
 
 
Resistencia
 
Como eco del deseo.
 
Como un muerto que mueve aún su sombra
por la lumbre escondida en su mortaja.
O el aliento cercado por los signos
tras el viejo ritual.
 
Así yace el poema.
 
Después de los sudores,
ya olvidadas las pozas del origen:
Cuerda al aire que agónica
en su extremo
busca pulsar su timbre
todavía.
 
 
Desiderata
 
Que la imagen palpite.
Que desborde los diques del encuadre.
Que pueda iluminarse lo cotidiano
con la lámpara de su reverso.
Que el tamiz desaliente al adjetivo.
Que el silencio desate su bozal.
Que el ojo sea el olfato de la idea.
Que se dome el follaje.
Que el espejo retorne la oquedad de la cara.
Que retumbe la niebla.
Que se alerten lo nunca y lo prohibido.
 
 
Vuelta de tuerca
 
He visto un pájaro acercarse al paralelo diez
que pasa por la ciudad donde nací.
Un marco de fútbol o una baranda
son su voz de materia.
Pero el pájaro busca un escenario
que eluda todo extremo:
una viga incorpórea hacia lo tenue
donde posar el símbolo,
el gesto
y la palabra.
 
 
Oráculo
 
Yo soy la consultante.
La que viene de lejos a cantar sus preguntas
tras naufragios y ruinas.
 
He aprendido del tiempo como Ulises
y siento en mí la gracia de Nausícaa.
Pero mi hogar
es pétalo en el surco:
            no un puerto,
                        nunca más.
 
Ítaca,
               sí,
que no su tierra.
 
Acudo
pues
a la piedra de Delfos
y al vapor visceral de su hendidura.
 
Agitados se encuentran mis caballos.
 
Las riendas son el hilo primordial,
la sierpe que reclamo
desde el germen del Logos.
 
 
Afaya
 
La tarde quema luz
sobre la cumbre
mientras un mar de miel
acerca su rasero hacia la orilla.
 
Oculta del asedio de los hombres,
una diosa invisible nos custodia,
aquí
donde por última vez
blandiera su hermosura.
 
Afaya tiene un templo
desde donde se advierte
el paisaje perpetuo de unos barcos
que pasan sin mirarla.
 
El olvido es el don,
la gracia redimida:
soplo de albor apenas
al trasluz de la red de Britomartis.
 
 
Corinto
 
Glauca y su traje de fuego,
la trama del traidor
y el candil de la ira.
 
Tanta furia guardada en la memoria del despojo.
Flor de la sangre
entre lo gris.
 
Cunde la destrucción.
La soledad que abarca todo el mundo
en la frente zaherida de la hembra.
 
Animal sin aliento.
Cuerpo vaciado de una estirpe
por ella también aniquilada.
 
Vuela un carro tirado por dragones.
 
Huye Medea
tras todo el desafío:
sus dos criaturas rotas
y en el aire
el hedor abisal de la venganza.
 
 

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