El Diario De Un Poeta (Capítulo 34) / Por: Silvia Ortiz

 
 Silvia Ortiz
 
 
El Diario De Un Poeta
 
Capítulo 34
 
Mi vida estuvo ligada al boceto macizo que enfrentaba en sufrimiento, una “terca bala fui”, sometida al imperio de los mares, los astros, los minados campos, me hice dueña de batallas, los asalté con la risa, con mi canto, con mis manitos juntitas a la herida de un clavado Cristo. Las cuentas de un grandioso rosario fueron mis primeros juegos, un denario, desgrane cada misterio intocado en la fuente de mi alma, festeje los agasajos en almanaques de penas, no atinaba comprender lo que significaría para mí, el poder de una sonrisa, fui una experta en edades prontas, cuajada y de igual intensidad herida. Conviví con los años, en parcelas de la rabia, invente los rascacielos, las visitas de mi padre, el Papa Noel en sus gestos e improductivos regalos, aprendí a coquetearle al tormento, a disfrutar de los golpes que los días me alcanzaba, abrace la soledad, la contuve en discusiones, la enfrente tantas veces, caí rendida a sus sombras, me hice dueña de la noche, edifique mil proyectos que incendiaban las estrellas.
Confronte tantas veces a la noche y a la guerra de embestida, me nombraron la “combatiente secreta”, y así yo crecí, bastaba solo un abrazo, uno sólo nos bastaba, le he jugado claro a la vida, he perdido batallas, unas tantas, otras le he sonreído con ganas.
El amor que yo buscaba me sumió en desventura, me creí la más dotada, era joven me decía, así sorprendida en amores, sufrí desgastes del alma, conducida entre abismos nunca les dejé tregua, ni vereda, un raro amor de inventiva, recibí incomprensiones, amé indudablemente si, y tal vez fui amada, no en la medida que uno añora en la vida. Las caricias de pequeña casi nunca se acercaron, no los recuerdo, viví como vive un pájaro, una flor, y tal vez una piedra, no me deje impregnar por la magnitud de la mina. Me acerqué con la madurez de la insulsa vida mía, amé, de seguro que sí, manifesté el amor a mis padres, me imaginaba sus besos, y ninguno recibía. En amores de mayores, apaleé los desaciertos, y creí, siempre creí en la entrega amotinada, creí en los fuertes lazos que deja la tibia cama dormida, concebí los fuertes brazos junto a mi huerta febril, la fragancia impenetrable y los lapsos sin conteos, y después, simplemente fui “pasajero del adiós”. Las incuestionables dudas me asaltaban con torpeza, quería robarle la réplica a la vida mayor ¿por qué se me negaba a diario, el amor que tanto amaba? El descrédito forjó férrea huella en mi alma, aprendí que no era el amor para mí, y así de tanto en tanto, me sumí largos silencios que guardaba, vigilaba por las noches, las noches que apretaba mis escritos en la soledad del gran recinto. La heredad irregular me abatió en desafectos, me acerque a la faceta periódica constructiva entre cuatro paredes, cuatro paredes que vigilo en el cofre de mis sueños, me volví estratega en el amor, un tabladillo cualquiera, una pieza de teatro fui, y después la cartelera de algún anuncio mayor, fui talante dolor, todo un bosquejo fui, aún conservo esa pena.
 
Silvia Ortiz, EE. UU., 11.08.18
 

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