Fragmentos de 295 “Mis tardes con Don Genaro” / José Revello

José Revello

SOBRE LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.
HISTORIA DE LA ETERNIDAD. (Formación decimal astronómica)

La historia de Micael. (Su misteriosa llegada a la tierra)
CUADRO DE LA EPOCA HISTORICA

Fragmento 295

Historia de José y María. 

En rápida ojeada al recinto, entre los enseres relacionados con la cocina, Observe en la mesa -el centro de la casa- llena de los que serían los adornos. A simple vista, parecieron sencillos, elegantes y de exquisitos coloridos. Se veía la mano femenina. Ema captando mi interés, gustosa agarro uno y me lo enseño. Se trataba de una pequeña vasija redonda y ancha, con una obertura algo menor que la hacía más panzona. Su interior estaba repleta de piedritas casi del mismo tamaño, coloreadas en azul, verde, amarillo, rojo y algunos, con un ligero tinte dorado. En el medio había sido colocada una fina pero solida astilla de árbol, metido dentro para sujetarse, sobresaliendo unos centímetros tipo “mástil”. Estaba envuelto en una tela de color celeste agua, rematado en su punta, la señora me mostro una esferita algo más grande, hecha de hojas silvestre envueltas y aprisionadas, y a su vez, se hizo un doble envoltorio, en forma de moño primero y después, con el sobrante, la de un corazón. El exterior había sido prolijamente envuelto con telitas, verde, azul y amarillo, unos centímetros sobresalían del borde de la obertura esférica, dobladas en solapitas hacia afuera, dándole su fina terminación. Era algo sencillo pero bello la vista. Me dijo que ella, junto con María y otras amigas, esa mañana, hicieron su último retoque. Le dije, sinceramente, que eran una delicadeza.
-Gracias, se hizo con amor. Seguiré con la faena. Sera mejor te integres con el resto así los conocerás un poco. Algo les pico la curiosidad.
Asentí sonriendo, alegando era algo mutuo. Pero, sobre todo, íntimamente, debía estar alerta a María y a la eminente llegada de José, que en cualquier momento se produciría. Sin duda -en pos de la misión – era la pareja clave de esa noche. Una sensación jugueteo en mi estómago. Estaba a punto de conocer al célebre padre de Jesús. Salí de la casa de Ema y ni bien camine unos pasos, advertí de una de las callejuelas llegó un grupo de gente. Seguramente el resto de los hijos de la pareja. Eran cuatro hombres y seis mujeres, lo seguían unos diez niños de varias edades. Su llegada provoco el revuelo de todos y con gritos de júbilo, abrazos y besos se saludaron. Ema y su marido -que estaba en otra de las casas- salieron dichosos a su encuentro. María se integró al grupo. Todo era alboroto entre los grandes y los chiquillos que, sin dudarlo, se aliaron a otros y empezaron a corretear sin preámbulo ni permiso. Quede discreta y respetuosamente en un lado. María saludando rápido, volvió a su casa siguiendo su faena. Una vez acabado los saludos, la señora Ema me fue presento. Me miraron cortésmente, pero con intriga y curiosidad. Los esposos explicaron era un “griego de Tesalónica, que vino de visita a Nazaret e hizo honor con su presencia en esa humilde aldea y a su fiesta”. Si bien era comprensible los hijos se sorprendieran, siendo yo un extraño y extranjero, respetaron la decisión de sus padres. Si ellos así lo dispusieron, las cosas estaban bien. Lógicamente debía conducirme con cautela y diplomacia, era importante caer bien a ese nutrido grupo de familiares y vecinos. De inmediato, entre buenos augurio y paz, comenzando, en principio, a sentarse en las alfombras y banquitos afuera de la casa del viejo matrimonio, me incluyeron en la recepción de una ronda de bebidas con generosos trozos de queso y pan cortado en rodajas, servido de la cocina-despacho que oficiaba la casa de María. Preste atención a como se fueron desarrollando las conversaciones. Odiseo -el magnífico ordenador central- “seguía” captando cada palabra y minúsculos sonidos en el rastreo de toda aquella área exploratoria. La reunión tomo su cariz familiar y social, alegre y distendido, mientras las eficientes ayudantes del matrimonio terminaban por organizar la distribución de la gente en las “mesas” del suelo y las casas del esa “cuadra” de cuatro metros cuadrados. Sin embargo, discretamente, estaba atento a la salida de María y la eminente llegada de su marido a su hogar, integrándose, sin duda, a la amena y concurrida fiesta.

José Revello
(Fragmentos de: “Mis tardes con Don Genaro”)
Derechos de autor Reservados

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