JAZMIN ROCIO Y EL ROSTRO DEL VUELO OCULTO (Primer Fragmento) / José Revello

José Revello

JAZMIN ROCIO Y EL ROSTRO DEL VUELO OCULTO

(Primer Fragmento)

No suelo ser crítico de arte. Menos descubrir la dimensión de un cuadro. No como un experto aria, quiero decir. Si, lo miro si su pintura me suena a paisaje, o imagen formada, donde lo veo en su integridad y así puedo admirarlo. Me gusta hurgar museos y casas de antigüedades. Más por curiosidad, que por afinidad o pasión. Al menos en los principios. Unos años después todo cambio. Soy del interior. De las coloradas tierras de Misiones. Tengo hoy 24 años. Mi nombre adoptivo es “frescura”. Soy huérfano de padres. No tengo familia. Solo sé mis llantos de niño, a meses de nacer, fueron rizados en una precaria cuna desamparada en la puerta de una escuelita Misionera. Quizás -en un lugar recóndito-, sostenga cierta gratitud por no dejarme morir de debilidad y frio. A la hora temprana de esa mañana, en un lugar que supieron sería escuchado, me dejaron. Supongo fueron mis padres. Tal vez mi madre. Nunca lo supe. Cuando me recogió mi salvadora, vio una cadenita entre mis mantas. Era pequeño y redondo con imagen de la virgen María. Después, con sorpresa, descubrió en su otra cara, casi sin notarse, habían sido grabado cuatro únicas iniciales: “J R”. “H M” ¿Eran iniciales de mis padres? El enigma perduro. Ella la conservo. Me la puso cuando pequeño. La llevo desde entonces colgado en mi cuello. Lo único que me vinculo a mis progenitores. Fui alimentando mi necesidad, esa frágil línea de gratitud lo que me ligo a su gran ausencia. Miles de dilemas se cruzaron por mi mente. Tediosas noches tratando de entender qué mal habría hecho. Pero me supe inocente. Desde niño mi corazón lo aclaro. Una “voz” enseño a no juzgarlos, menos odiarlos. No podía ser, siendo mis padres, crecí imaginando sus ausencias. No alimente un rencor. Tampoco tuve un filiar de amor. Solo saber la verdad. Aprendí a transitar los caminos de la decisión. También conocí personas maravillosas. Fui encontrado por la señora encargada de la limpieza en la escuelita. Por ellos casi fui adoptado. Las tres maestras y las madres. Supe fui amamantado por una de las maestras, tenía un hijo de casi un año. Ella me bautizo “frescura”, por lo de tierno y cachetudo. Ahí aprendí a leer y escribir mis primeras palabras. A falta de nombre, así me conocieron. Cuando ella venía a trabajar se ocupaba de mi comida. No podía tenerme en su casa, distante a varios kilómetros. Tampoco, a decir verdad, las familias que dejaban a sus hijos allí, eran cuarenta y dos chicos. Mi primer año y medio estuve en la escuelita. Intentaron saber de mis padres. Pero no los hallaron. Todos estaban conmigo, hasta bomberos de la localidad. Pero, a su vez, no era de nadie en particular. Dormía en una dependencia de la escuelita que funcionaba como depósito, adecuado para mis noches. La única más cercana era a la señora que me encontró. La que más me llevo a su casa. En varias ocasiones, cuando no podía, se quedaba la noche en la escuelita conmigo. Así viví mis primeros cuatro años. La señora que me encontró, ese quinto año mío, falleció. Fue mi segundo dolor. Y a mí séptimo año sucedió esa desgracia, la escuelita se incendió por completo. Se sospechó fue provocado. Me salve porque aquella trágica noche dormí en la casa de los padres de uno de chicos. Su hijo cumplía años. Quisieron estuviera en su fiesta, me llevaron adormir con ellos. Esa noche ocurrió el desastre. Consiguieron dejarme en un orfanato. Mi vida se tornó en un largo viaje. Me alejo del pueblo, mi barrio de adopción y su amorosa gente. Quedaron en mi corazón. Me fui yendo lejos, donde mis soledades fueron muy mías. Me había curtido con esas sensaciones. Estuve en el orfanato hasta los 12 años. No fui adoptado. No encontré hogar estable. Un día comprendí necesitaba ver más el mundo, ese mundo a veces hostil que, en buena medida, también había conocido. Una noche planifique mi fuga. No fue porque no estuviera bien, aunque no fuera lo adecuado, me hicieron sentir los afectos. Pero algo incontrolable me impulso. No sé bien que ocurrió en mi mente (mas en lo profundo de mi ser), pero debía buscar otro camino. Esa intima “voz” también indico: “encuentra a tu padres”. ¿Dónde estaban? Mi huida fue vertiginosa. Me refugie en el bajón de un tren de larga distancia, bien pertrechado, nadie sospecho mi salida. Al llegar a la escala del primer pueblo, allí me baje. Me sentí solo, sin conocer a nadie. Tenía mi ropa puesta y un bolsito con un pulóver y una campera. Y ahí comencé realmente a saber de la calle. Buscar comida y donde dormir. Y también a conocer sus peligros. Pero la base de amor y cuna de la escuelita lo absorbí. Nunca robe ni deje las tentaciones -esas otras miserias- me sacudieran. Pero debí fortalecerme. Superar tristezas y desamparos, que a veces, el ánimo tira. Una vez me atacaron entre cuatro -no supe porque, cuestión “de territorio” según alejaron estos energúmenos-, y me propinaron flor de paliza. Sobreviví. Pero me dejaron una cicatriz en el pómulo derecho de por vida. Así aprendí a vivir la experiencia de cirujiar en los baldíos, donde también parece discurrir la vida. No claudique en mis sentimientos, aprendí a no culpar a nadie. Pero me debían varias respuestas. Debía cultivar, descubrir mi persona más allá de todo. Aquel día terminé por acercarme a una verdulería grande y surtida, con cosas de almacén. Me gusto su dueño, algo me pareció ver en él. Le pedí si por limpiarle el lugar y acomodar mercaderías, podía darme comida. Y algo de dinero. Lógico se interesó por mí, de donde venía. No salieron mis palabras. De pronto se atoraron en mi garganta. Y comprendí mi tristeza. El hombre se dio cuenta de mi reacción.
“¿Estas bien chico?”
Dije que sí. El dueño volvió a mirarme unos minutos y luego inquirió.
“¿Te escapaste de tu casa? ¿Te buscan tu padres?”
Esta vez sí salió mi voz.
“No tengo padres. Y me fui del orfanato. Todo bien allá. Pero busco otros caminos. Busco a mis padres”
El verdulero volvió a mirarme fijamente. Creo le impresione. Sus ojos se enternecieron. Finalmente me “contrato” por ese día.
“¿Y tienes donde dormir”?
Se interesó. Tampoco supe porque. Esta vez mentí. Le dije que tenía donde pasar la noche, cuando, en realidad, no sabía dónde ir.
“Vuelve mañana lo más temprano que puedas. Aquí al menos desayudaras y comerás. Luego veo que dinero puedo darte.”
Lo agradecí y me retire. Aquella noche después de deambular por ahí, encontré un coche abandonado, casi destartalado. Le faltaban las ventanillas. Los asientos, sin embargo, estaba bastante bien. Decidí quedarme ahí. Así dormí esa primera noche fuera del orfanato. Y en aquel poblado me fui quedando. La ayuda del verdulero y la confianza que fue teniendo, la verdad me animo. Quedamos ayudaría hasta la media tarde, tipo 15 horas, necesitaba recorrer, caminar, conocer aquel lugar. Buscar otras alternativas. Había una parte de vacío en mí, hondo, expectante, sin rumbo ni sentido. Nunca alcance a descifrar las iniciales de la cadenita. Seguían siendo un misterio. Si fueran nombres, había miles. Mi amigo sugirió tal vez no fueran nombres propios, sino indicador de algún lugar o dirección. Eso disparo otras sensaciones. Pasaron tres semanas. Demasiados días quizás. Alterne mi trabajo temporario, donde pude asearme y lavar mi ropa, y mis noches en el coche abandonado. Comencé a percibir su tranquilidad. La policía no se acercaba. Ni nadie en particular. Eso regalo cierta calma. Un día caída la tarde, algo -quizás sutil- comenzó a variar en el ambiente. No pude descifrarlo. Esa mañana fue pura rutina. Aquel día hice ese descubrimiento.

Fragmentos de: “Similitudes del tiempo”)
Derechos de autor Reservados

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