Fragmentos de 291: “Mis tardes con Don Genaro” / José Revello

José Revello

SOBRE LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.
HISTORIA DE LA ETERNIDAD. (Formación decimal astronómica)
La historia de Micael. (Su misteriosa llegada a la tierra)

CUADRO DE LA EPOCA HISTORICA

Fragmento 291
Historia de José y María. 
Domingo, 9 de abril del año 30 d. D. J.

“…. Entre finalmente al módulo. Mi rostro debía ser la fisonomía de la aflicción y la desolación. Me deje caer en el asiento de piloto. Se había cumplido 4 horas y 45 minutos de la aterradora pasión del Maestro del que había sido testigo presencial en estricto cumplimiento mi misión. Mi entrenamiento fue sólido y me logro mantener. Pude -pese a lo vivido a su lado- sostener mi fría imparcialidad de observador. Pero reconozco mi gran lucha interna. El añorado Rabí de Galilea dejo la vida, había partido de la tierra definitivamente y para siempre. Y fui testigo de excepción. Un hombre de otra época, que no solo lo conoció, sino pudo contar con la dicha de la amistad de un hombre-Dios. La misión se había cumplido. Dentro de poco el ordenador central -mí querido Odiseo- inclinaría los ejes de los Swivel en inmersión en maza, produciendo mi instantánea desaparición, devolviéndome a mi época. Efectuando la fase pendiente, puse al día las últimas jornadas en mis diarios. La misión Swivel en Palestina de Cristo se había cumplido. Pero yo sabía la Operación no había finalizado. Había cosas que quedaron pendientes -una de especial gravedad- en aquella época. Y eso podía determinar otra “salto” en el tiempo. ¿Pero las oscuras intrigas políticas lo permitirían? No quería pensar -me resistía- que al margen de eso, había algo interno que me “tiraba” a Él, de alguna manera, volver a verlo. Sería muy personal. No podía despertar la menor sospecha de este impropio sentimiento, sería expulsado de inmediato de la Operación. Pero el magnetismo de aquel hombre fue descerrajando la muralla de mi rígida disciplina y racionalidad científica, y aunque no abandone mi postura, me derivo a un laberinto interno profundo, no conocido de mi persona. Quizás el “premio consuelo” de la arriesgada y extraordinaria misión que había llevado a cabo. Un regalo del sublime Maestro a mi persona. Quizás debía tomarlo de esa manera. Me pareció extraño, muy extraño, que Jesús de Nazaret había dejado de existir, que no estuviera vivo y cercano. Sin querer -sin pretenderlo conscientemente- me había ido acostumbrando a su majestuosa presencia… termine mis apuntes finales, me recosté en el asiento. Me puse el traje espacial y me ajuste el cinturón de seguridad preparado para la desintegración de las subparticulas de mi persona y de la totalidad del módulo en instantánea inmersión en maza. Cerré mis ojos unos minutos y mis pensamientos -como torbellinos de encontradas sensaciones- volaron, como si fuera ayer, a los principios de la misión, recordando, recorriendo en mi mente, como relámpago, todo el camino trazado y recorrido…”

Lunes, 30 de octubre del año menos 6 a.J.C.
Después de darle mi parte al ordenador, medite los pasos a seguir. Ordene mis ideas y evalué la situación. La Operación Swivel determino que llevara, al margen del ordenador, exhaustivos y detallados apuntes personales -tipo diario- de cuanto viviera y experimentara, siendo de esa manera dos registros paralelos y originales, tan importante como la memoria de Odiseo. Aún no había comenzado. Me ocuparía ni bien tuviera mi primer ingreso al módulo. Ciertamente, mi jornada en la palestina del emperador tiberio, hasta ahora discurrió con cierta calma. Tenía “visa turística” reservada, enfrentando la realidad de aquel “ahora” que investigaba. En mi foro más íntimo -y por respectiva histórica- era solo la calma que precede a la tempestad… el “temporal” empezaría con el nacimiento del hijo de la promesa. A partir de su venida a la tierra, comenzaba la gran historia… y sus peligros, riesgos que debería afrontar en estricto cumplimiento de la Operación Swivel antes de regresar a mi época. Mi misión era involucrarme a fondo con el Maestro. Esta primera parte establecido por el programa que me “llevo” a la época de Cristo, consistía en recoger la máxima de datos y testimonios con que armar y certificar los “años ocultos” de Jesús. La verdad que ignorábamos casi todo sobre el particular. ¿Cuánto tiempo permaneció el Nazareno en la aldea? ¿A qué dedico esos años? ¿Cuáles fueron sus relaciones con sus habitantes? ¿Qué vinculación tuvo con niños convecinos y sus maestros? ¿Por qué abandono aquellos parajes? Por otro lado ¿En qué momento despertó su naturaleza divina? Existió una fecha y lugar específico. ¿En qué cambio su interior? ¿Llego a gestar algún plan? Otra encrucijada debía investigar según otras fuentes. Los sublevados instalados en el planeta descubrieron su identidad y se enfrentaron a Micael. ¿Cómo sucedieron los hechos? ¿En qué época ocurrió? ¿Se libró una lucha con el Hijo Creador? ¿Cuál fue su magnitud? Esa otra parte de mi misión consistía -dentro de su posibilidad- estar presente o, al menos, lo más cerca posible del Maestro en los cruciales acontecimientos. Pero ¿Lo lograría? ¿Me estaría metiendo en un terreno quizás demasiado pantanoso? ¿Qué sucedería si era descubierta mi verdadera identidad? Nada sabía. Todo era mera especulación. El tiempo daría su veredicto… ¡y por Dios de qué forma lo hizo¡ Pero no adelantemos los acontecimientos. Cerré mi conexión con Odiseo. Aunque el ordenador estaba abierto y receptivo. Seguí pensando mi situación. La Operación estableció una vez registrado datos y sucesos de su niñez y su adolescencia, debía “adelantarme” varios años en el tiempo. Mi rastreo y seguimiento de Jesús, debía ser casi en su adultez. Ya cerca de los comienzos de la vida pública del Rabí de Galilea. Era necesario, por lo tanto, establecer un lugar y fecha precisa a donde dirigirme.

José Revello
(Fragmentos de: “Mis tardes con Don Genaro”)
Derechos de autor Reservados

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