CAPITULO QUINTO (La noche del mar) / Fragmento de: “El llamado del abismo” – José Revello ( Argentina )

José Revello

Fragmento de: “El llamado del abismo” – José Revello ( Argentina ) 

 

CAPITULO QUINTO
(La noche del mar)

 
Mi interior era un confuso torbellino de sensaciones y sentimientos. Fueron días de grandes dilemas…
No cabía sino esperar…
Pero mis pensamientos fueron por otros lares….
Acuse mi cansancio. Pero necesitaba ordenar mis ideas. Decidí salir un rato afuera. Al salir al desierto pasillo subí la escalera y enfile a los comedores. Estaba oscuro, salvo la repostería de marineros, pegado a la cocina. Me dirigí allá para tomar algo fresco. Encontré un bidón con agua. No toque el fiambre de la guardia dejada en la heladera (era obligatorio en las reposterías). Salí, pero no me retire del comedor. Los ojos de buey abiertos en popa como estribor corriendo agradable viento. Eran grandes y cuadrados podía salir un hombre de compresión mediana por ahí. En mi caso salía del ojo redondo y más estrecho de mi camarote. Siempre fui delgado y solía hacerlo como juego. A excepción de los camarotes, su escotilla sé abría hacia fuera. Me acerque a la que estaba frente a la repostería y una brisa roció mi rostro. Disfrute del sosiego y la tranquilidad, me hacía falta. Apoye mis brazos sobre su base y me asome afuera. Desde allí divise sobre la cubierta principal debajo de la cuadrada emplazada de la cubierta de botes, ocho grandes y redondos tachos de aceite de cincuenta litros cada uno, trincados juntos por tres gruesos cabos a su alrededor, amarrados por sus costados por los espiches y a su vez, sujetos a la baranda. Estos tanques era parte de carga destinada a China -lo único en la cubierta- estaban a cinco metros del ojo de buey de mi camarote. La tripulación dormía. Aquella parte del mundo (la tierra en esas latitudes) también. A esas horas con excepción de las guardias del puente y maquinas el barco sumido en su descanso, avanzaba hacia otro amanecer sobre el Atlántico. Aquella madrugada y mi propia soledad me hicieron sentir ganas de salir a cubierta. Los comedores anegados por la penumbra parecían descansar en su material pequeñez. Me encamine a la puerta que conducía al pasillo central y me dirigí a la puerta de madera -habría hacia adentro- franqueando la salida al exterior de la popa. La noche me envolvió. Quede unos instantes rodeado de esa calma. La bella claridad nocturna era bálsamo de quietud y espacio. Subí por la escalera a la segunda cubierta. Llevado por un impulso me desvestí y zambullí en la pileta necesitaba distenderme. El nadar me relajaría. Era bello estar acostado de espaldas flotando de cara al firmamento, con la vibración del agua cosquillando mi cuerpo. Uno vuela sin poder evitarlo. Ese silencio lo lleva a sentir extraña paz. Una paz que pocas veces tiene el hombre en su vida de apremios y búsquedas. Pocas veces uno se detiene a mirar esa creación; refugiar su alma en aquel espacio. Desde mar abierto es una visión abierta y prodigiosa. Se puede percibir el movimiento de rotación de la tierra con la vista abierta al espacio. Tuve frente a mi humilde condición esa visión cósmica. Es cautivador estar rodeado de su vastedad. Sobre lo intangible y lo verdadero. Para alguien en esas soledades regocijando su Espíritu (como en esos momentos) lo pone en órbita de valores austeros. Pocas veces nuestro ser puede ser orientado en un sentido abierto. Esa sensación se transforma en medio de llegar (sin saberlo desde su concepto temporal) a una REVELACIÓN. Tal vez aprender a amar. Tal vez sea el sentido amoroso ofrecido en caja de regalo por ser desligado. Es sentir poco nos desborda porque aprendimos a manejar su necesidad.
“Nuestra vida sería más importante…”
Me volví a sumergir hasta donde mis pulmones dieron. La noche estaba en apogeo, inmerso en su austero silencio. Salí de la pileta y baje a la cubierta principal. Allí me puse a caminar algunos metros por una banda en idas y venidas para que el roció secara mi cuerpo. Era un ejercicio grato y relajante. Esa visión del barco surcando la penumbra oceánica gratifico mi alma. Pensé en mis seres queridos, lejos en mi tierra. Ellos no estaban viviendo esas experiencias. Sentí no pudieran compartirlo. Pero las cosas se ajustan a reglas del destino. Yo debí seguir los barcos. Después de un rato, relajado y más tranquilo, me dirigí a popa cerca de la baranda por estribor. En ese sector había emplazado un recto montículo de acero cuadrado y plano de cuarenta centímetros de alto por un metro y medio de largo y cincuenta centímetros de ancho. En sus extremos se alzaban montados sobre su liza superficie dos columnas de acero de un metro de alto por cincuenta centímetros de circunferencia, de superficie plana. Allí se enroscaba en forma de 8 acostado, abrazando ambas columnas los cabos de amarre una vez zarpado en buque en su cruce a Mar abierto. Estos cabos no se utilizaban hasta llegar a puerto. Me vine a sentar encima en una columna y con mis pies colgando en movimiento seguí disfrutando la visión nocturna. La noche me envolvió realmente. La luna bordeaba la inmensidad el horizonte, desperdigando su fulgor sobre el manto de las aguas, inmolando con sus frágiles destellos esa parte del mundo. El silencio cuan plena amplitud, era abrumador. Nada había por ningún lado. Nada se movía ni parecía existir navegando en ese cristal de chispeo cristalino. Esa visión pacifica -casi estática- pero en perpetuo movimiento era enorme y cautivador. Y ahí permanecí inmóvil en esa plenitud contenida, remota y eterna. Mis ojos tuvieron la dicha de verlo. Cuando se cierren -lo sé- eso seguirá allí incólume. Y otros ojos abiertos a la vida lo verán tal cual yo lo mire y el tiempo solo habrá sido otra palpitación. No quise evitar aquellos rozagantes instantes tal cual lo revelo. Eso apaciguo y brindo su paz. Una calma rizado por visión de otras vidas. La soledad era absoluta.
Sin embargo escondía vibraciones que mis sentidos no percibían. La imaginación procuro captar su majestad. Una sensación vocativo de una realidad a la que se puede ser indiferente pero jamás negar. Durante mis largos 11 años navegados, pese a lo tedioso y a veces difícil convivencia a bordo nunca quebró ese encanto. Su recuerdo hizo raíces. Mi alma perpetua mis “pequeños tesoros” de esos días. Las bellezas existen y esperan ser halladas. Ahora lo sé. Esas cosas -los pequeños tesoros- son minúscula parte del gran regalo. Ojala estas páginas -que esfuerzo han costado- sirva como homenaje a sus eternas verdades…
Su beatitud transitoria es comparable al campo, la visión de la montaña o la visión de los hielos eternos. Pero no son el Océano. Navegar lleva su magia. El mar posee un magnetismo poderoso, bordeando el encanto y el miedo. El crepitar de las maquinas se acentúo debajo de la quilla, donde funcionaba la hélice, formando fosforescías en las aguas. El ruido sonaba limpio. Más allá era la soledad, la tangible plenitud del océano. Allí había PAZ. Serena, abrumadora. No afloran las palabras: Se emana, se siente y se disfruta. Es redescubrir el AMOR; orientar los pensamientos; ordenar lo inadecuado; no perder la capacidad de la ensoñación. Allí lejos de todo y de todos. Pero cerca de reales cosas entre lo superfluo y cotidiano. Esas noches se grabaron por siempre y espero en estas sencillas paginas haya registrado. He querido dibujar al óleo de las palabras la belleza que pude contemplar (lo sé, son mis pequeñas lejanías, la plenitud de mis instantes) El lector lo rendirá a su corazón. Esto ha sido en homenaje a esas perennes noches. Quienes así lo sientan, por seguro “tomaron mate” conmigo esas noches ahí sentado sobre cubierta…
“Deberé retornar algún día. ¿Cómo se justifica esta maquinaria del cuerpo guardando años de evolución termine en un “suspiro” de corta existencia humana?…”
Dirigí la vista a las aguas. Cuando baje de mi “vuelo” mi corazón se aceleró. No tenía idea del porvenir. Pero nadie predijo las horas venideras de aquella asombrosa travesía. Me levante y entrando al “habitáculo central” fui a mi camarote, me desvestí y acosté para descansar bordeando otro amanecer en pleno y abierto Océano.

 

José Revello
En navegación rumbo al lejano oriente. Entre otras noches, la madrugada del sábado, 10 de enero de 1981.
Extraído de un diario de viaje.

(Fragmento de: “El llamado del abismo”)

Derechos de autor Reservados
Buenos aires
Argentina

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