El Cazador / Por: Silvia Ortiz

El Cazador

Por: Silvia Ortiz

“He tratado de ser creyente y no he podido” (Jorge Luis Borges)
En la infatigable búsqueda en torno a la existencia y la humanidad de Dios, se ha despertado el interés por la “teoría salvífica”, grandes hombres en el mundo de la letra se han visto confrontados por conocer esa “humanidad y bondad atípica” de un Cristo que camina, y disfruta del proceso mismo de la Salvación. Se han acumulado escritos e historias en torno a la “persona de Cristo”, esa legitima búsqueda se ha visto encaminada a quebrantar algunos razonamientos, lo material e inmaterial de la forma, “lo existente” y lo “no habido”, lo sustancial, lo libertario, lo reposado de “esa entrega”, la “cohesión de su palabra”, “su obrar”. Cabe señalar, que a todos nos corresponde la “duda” y los porqués de aquello que curiosea nuestro saber, y siendo el hombre un “ser en exploración”, un “animal en su jaula”, un “quebrarse igualmente”, un “fracasado en su razón”, una errada “bandera de la libertad”, y el dictado de fe que a gritos esconde.
Es Borges el mismo “hambre y sed de Cristo”, es su “prosa indagatoria”, su “tejido indiscutible de ideas”, su propia “zambullida teológica y metafísica sobre un Cristo inalcanzable”, Borges, un “perseguidor” de sus ideas, un “erudito rastreador de auroras”, una obsesión talante y discutidora sobre la esencia de su propia “idea”, una rabia congénita a todo hombre, percibe a Cristo en una rebeldía sin nombre, ahora Cristo no se deja “ver”, y confirma su propio postulado, no cree merecerlo, cree cautamente que la idea, es insuficiente, que esta no dice nada, no soporta la esencia excelsa de Cristo, y opta por mirar hacia otra búsqueda, una naturaleza-idea-naturaleza, el Hijo de Dios, es mucho más que la “idea”. Borges, “nuevamente busca y rebusca, escudriña a Cristo”, cree confirmar en la ontología de los valores, y cree asegurarse un acercamiento a un Cristo como “Valor Supremo”, nuestro amado escritor, pasa a ser “un menguante sobre la luna”, un artífice derrotado por la luz, una latitud más del “cogito”, cree “atrapar la idea de Cristo-Cristo”, e ingresa a un aprendizaje desarticulado, descubre que la idea sobre Cristo, se le va, no le abarca, observa a “Cristo circulando en la idea, la suya”, en aquel momento Cristo es ya para Borges, “Motor en Actividad”, ahora está frente a su objetivo-idea, Cristo avanza, llora, y hasta muere, y es competente para darle muerte a la propia muerte, resucitando, frente a sus ojos Borges observa ese panorama inaceptable.
Borges ahora cree haber hallado a Cristo en la “trinchera fatigosa y paradisiaca del saber-humano”, el hallarle lo ha “debilitado”, el manar de sus ideas lo hace innegable para la “aprehensión de Cristo”, se niega el derecho y la libertad de haber alcanzado ese hallazgo, teme se edifique como tal, y su palabra no lo abarque, y sufre, sufre irremediablemente Borges, se acongoja por el “aprender suyo”, lo atrae enormemente y quizás y sin querer, Borges se rediseña así mismo, es ahora “Arquitecto capital de sus ideas”, se consigna en la labor de “Rastreador de la Verdad Oculta”, cruza ideas, las antepone, las disuelve, las increpa, mira lo absurdo de este mundo, lo contempla y queda mudo, una imagen es una insatisfecha suma de escribir, su escribir repentino engloba a Cristo envuelto en el mundo del silencio, temas que le aceleran el pulso, y ya los versos teológicos encuentran notas musicales en su propia idea, la literatura ofrece la gama perfecta para seguir cruzando puentes hacia esa búsqueda inconclusa, sus cuestionamientos, y llevarlo al fenómeno místico de su propia fe.

Jorge Luis Borges

Borges se quiebra, se descubre asimismo, presagia “su impotencia”, su “racionalidad finita”, su propia fragilidad en el perfecto quehacer de la idea, su “rompecabezas”, y toca quizás sin darse cuenta, la consistencia y esencia de las “Cinco vías de Santo Tomas Aquino”, ese asombro discurre, se empotra en la “posibilidad de un Cristo justo, Bueno, y Libre”, vemos a un Borges, como asiduo “narrador de Cristo”, un “hablador de Cristo”, cree encontrar por la “suma de ideas” una respuesta indiscutible, un Cristo en la “totalidad del parámetro y contenido de Justicia, Belleza, Amor, Bondad, y Libertad, el hombre un sólo chispazo de esa vía, y aun así cercano a Dios.
Ahora Cristo es observable ante la Cruz del Martirio, es Cristo la entrega generosa y gratuita y no obedece, ni apresura la traición de un “Judas vuelto al pecado”, treinta monedas de la tentación, treinta monedas para el cobrador de impuestos, Judas El Iscariote, no reparó en la “Fracción misma del Pan, esa fracción de pan, como alimento que disfrutaba alegremente, no midió su anterior traición, su pecado, cobrador de impuestos, fue motivado en medio de la presión de la oposición, y recoge su pasado como cobrador de impuestos, recoge los abusos que silenciosamente cometía, a Judas lo caló la presión de la turba, aquellos hombres que no aceptaban la “misericordia de Cristo” y que era el verdadero y único Hijo de Dios. Esperaban a un dirigente, un soldado. Esa escasa formación de amor, esa ignorancia, fue el pretexto posible de “30 monedas”, y ese ¡Seré yo Señor, el traidor que anuncias!, observo a un Judas dolido, capaz de reclamar la “inocencia de su Maestro”, arrojó las monedas de la traición, quiso que no fuera verdad tanta infamia contra su Maestro, y me pregunto dónde estaban sus amigos, los discípulos, dónde quedó oculto el amor que debió aprender y evocar de su maestro Jesús. Judas no consiguió descanso ni apoyo alguno, no soportó el calvario para Cristo, Judas acabó con su vida.
Todo parece suponer que la inquietud punzante, que asumieron no pocos escritores de la época, es y continúa siendo una exploración invariable de la humanidad, no obstante, la vida de Dios y sus intrincadas luces, ha sido visible para pocos. El hombre un ser reflexivo, un buscador de interrogantes, no ha de limitarse a una burda y antojadiza imaginación, mucho menos a conjeturas apuradas, de allí que resulta, a modo de exegesis, trazar la línea de la exploración teológica, que evite caer en interpretaciones gnósticas, no obstante, se debe reconocer que aún bajo la aspiración y postura filosófica que uno perciba esa búsqueda puede y debe ser exitosa, pues nadie niega esa posibilidad ante un Cristo que se muestra a plena luz, es Borges quien ensalza la certeza y la “religiosidad de su mismo silencio”, ante la sabiduría plena de la persona e imagen de Cristo.

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