Fernando Salazar Torres (México)

Fernando Salazar Torres (México)

 

Fernando Salazar Torres: (ciudad de México). Poeta, crítico literario, ensayista y gestor cultural. Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (UAM-I). Maestría en Teoría Literaria (UAM-I). Estudia el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) con estancia de investigación en la Universidad de Salamanca (Usal). Ha publicado el poemario Sueños de cadáver y Visiones de otro reino. Su poesía y ensayos se han publicado en distintas gacetas y revistas literarias impresas y electrónicas. Su poesía ha sido traducida al inglés, italiano, catalán, bengalí y ruso. Director de la revista literaria Taller Ígitur Coordina las mesas “Crítica y Pensamiento en México” y “Diótima: Encuentro Nacional de Poesía”. Dirige el Taller Literario “ígitur”. Colabora en la revista literaria “Letralia. Tierra de Letras” con la serie de poesía mexicana “Voces actuales de México” y “Poesía española contemporánea”. Es miembro del PEN Club de México.

 

Raspa la hoja blanca, a ver si

algo cabe en la cuenca de esta mano;
atrás mosca, heliotropo, ciénaga.
“Raspa”, me susurra el zumbido de la flor garza;
rasgo los aires y los soles
silban entre las plumas de las tardes
a manera de pájaros anclando la savia.
Murmura, repite el sonido,
musito y duermo a la hora
que escurre el dolor de la fiebre.

Qué digo! Nadie me repite,
hago eco de mi voz bajo la cama,
me dices ya, me dicen hoy,
dicen las voces “camina al espejo”
y ando como Simón en el vacío.
Allí encuentro más voces que emular,
sus ecos maduros son la deslucida imagen,
la pobre luz de quienes me preceden
y cifran el verso libre con la estrofa blanca.

Qué dicen! Nada, copian mal el Blanco,
declinan entre dados por la boa del juego,
modernos epigonales, caballo a mansalva,
expresan bien la imperfección del símil
y del poema, digo nada, lo deletreo,
las letras quedan libres.

 

¡Qué saña! ¡Qué muerde!

¿De qué modo nos alivia la Muerte?
La sombra de sus costillas es agria,
algo muerde, con saña,
insistentemente, sin final,
mi corazón.
Ya casi olvido tu cara
pero tu esqueleto se yergue en las noches.

¡Qué saña, qué muerde!
Hay noches tan solas! Tan silenciosas
que las noches se vuelven lluvia

¡Qué saña! ¡Qué muerde mi corazón!

 

Playa sáfica

Encima de esta tarde que transita,
dos soles doblan reflejos al borde
hasta descubrir otro amanecer,
tú siendo niña.

Atrás, de espaldas, vamos con el tiempo
arrastrando, en los pies, la luz al sol
de ambos horizontes que ya se encuentran.
Día de espejos.

Regular el adiós en el camino
nunca o siempre lo testifica el polvo,
más allá somos el doble del sol,
el día peregrino!

 

Morir es quedarse

Nada, ya nada debo salvo el tiempo.
Sin mirar atrás,
nada debo si el año muere.
Mi memoria queda prendida a ti,
de la hojarasca del otoño,
de los pasos que dejo.
Pasar a ojos cerrados y labios
en vilo con la noche
con la ciencia de que llegar es irse
y volver a soñarte
y otra vez retornar,
una vez más quedarse.
No, nada debo, el tiempo aqueja,
dolerte del mismo modo hasta siempre,
arderme y dolerme
otra piel en mi cuerpo;
vivir así, como dicen, como es,
así es el amor en esta tierra prometida,
quiero decir húmeda,
porque debajo
muy abajo de este mundo
hay carne en la muerte, así vengo,
cabalgando encima del espinazo
de un animal fracturado
de un animal roto
que fue contenido bajo tierra.

La muerte nada, nada guarda.
O el tiempo o la memoria
que me vivieron
me hacen llorar en desmedida
cada noche y cada día;
mejor es irme
y dejar cada cosa en su lugar
y permitir que las horas nos dejen.

Intentaré de nuevo la historia,
dejo este cadáver en flor;
soy esa oscuridad en mi cuerpo,
mi otro yo que perdí,
mi alma que te vivió.
Mirarte sin mirarnos hasta nunca
en el adiós de la muerte que llega.
Viene por mí el caballo melancólico,
el mismo que me trajo a tu sombra,
a mi casa donde existir
es de pronto desvanecerse.

 

Exhumación

Barro el nido de los espantos
con el plumero de la bruja;
saltan, retozan y vagan los trinos
nocturnos en los álamos del lago.
El corifeo de las grullas, no,
digo, el adalid de las lobas
muerde el grito en la cima;
allá, más acá de las providencias,
vates y clérigos formulan
el grimorio de la edad cósmica.
Sacudo el pánico,
limpio el polvo de la casona
al ocaso de tres vírgenes hadas;
la torre de los magos testifica
de la sombra vecina,
la luz que bajo tierra chupa el hueso.
Las órdenes mueven los astros,
los dioses caen en forma de piedra
de rodillas suspiran la penumbra.
Otra vez el grito, un hallazgo
en la piel de las monjas,
de la cruz hay calor de sangre,
olor de agua, salitre, a subterráneo
de flor ensucia los ojos, las manos,
y el desamor de dios en sus hocicos.

El universo o la escritura,
el orden o la luz
da pareja muerte en el patio
de cualquier templo,
en esa piedra la fe incendia,
quema la carne, y el sacramento
por la vida se inhuma
al lavarse los párpados
al nevarse los ojos.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s