Alexa Prada (Costa Rica)

 
Alexa Prada (Costa Rica)
 
Alexa Prada, o Alelí, es una artista joven costarricense, que se mueve entre cancionista y poeta. Ha participado en diversos escenarios, desde teatro, música coral, música original, interpretación de canciones, oratorias, recitales de poesía, entre otros. Hoy desarrolla su proyecto como solista “Alelí” con música original, así como con textos y producción propia.
Algunos de sus textos se pueden encontrar en la antología “Y2K” de la Editorial Estudiantil de la UCR, en “Desacuerdos”, antología publicada por el proyecto Escritoras Aflorantes y la revista Liberoamérica, así como un ars poetica “El aleteo de las nocturnas”.
 
 
Muertes sigilosas
 
Una creería que fallecemos de golpe,
raudo, inexorable.
Pero esta muerte
no es un simulacro.
 
La gestaste con tibieza
desde el momento en que creíste
encapsular el tiempo.
Como si estuviese enjarrado como la jalea
a la que recurrimos a nuestro antojo,
con los dedos que manducan la idea del control,
del supuesto poder humano
contra los segundos y su crueldad.
 
Entonces decidiste que serías el mandamás,
el caudillo principal del fandango de tus decisiones ciegas.
En esa habitación todos te miraban a vos,
como el centro de mesa,
como la foto familias más amplia.
 
Ahora languidecés en un legatto
de patadas del tiempo del que te burlaste.
Nunca fuiste la foto familiar,
solo la estuviste observando.
En una mano tu whiskey
y en otra
tu último cigarro.
 
 
 
Álbum familiar del cuadrado,
                                    el círculo
                                          y el triángulo
 
 
l.
 
Se emparejaron en una balada
a un metro de distancia,
sin notar las maletas llenas de vísceras y relojes.
 
ll.
 
El cuadrado,
con noventa caballos de fuerza
y un ángulo recto,
recogió pétalo por pétalo
del círculo quieto que esperaba con una
ternura fiel y un sexo nervioso.
 
 
lll.
 
Con unos martillos
y una circunferencia fértil,
sembraron un techo,
ventanas largas
y cuatro,
o, a veces 70 veces 7,
paredes.
 
lV
 
El círculo tejió su mantel
con anturios de hilo blanco,
y una colmena de recetas
intentó apaciguar la ira
del juego de llaves
que retumbaba por la casa.
Él sirvió como molde de galletas
y nos las recetaron como pan de cada día
hasta entrenar la garganta
para no regurgitar,
al menos en su presencia.
 
V
 
Uno
intentó estirarme la punta
en cuatro lados paralelos,
pero terminé cosechando antebrazos
que recogieron
una
a una
sus migajas.
 
Otro,
me engordó con palabras rosadas
hasta vomitarlas en piernas tercas.
 
 
Vl
 
Y la foto familiar se tomó así:
En la esclavitud fiel del diámetro
en dilatarse hasta reencarnar
en un mueble más de la sala.
Y, el cabal,
en su fracaso alquímico
por limpiarse la conciencia
con un par de padres nuestros
y su reluciente betún de zapatos.
 
Vll
 
Y yo,
con mis catetos quijotescos
y mis ángulos agudos,
voy sangrando las vértebras
de la historia.
 
 
 
Décimas a la nada
 
La voz de la golondrina
susurra el presagio muerto
que no hay mundo más incierto
que el de atrás de la vitrina
Que no hay fija medicina
que resuelva nuestra ausencia
que no hay magia ni hay ciencia
solo un circo interminable
solo un ciclo inexorable
solo gotas de demencia.
 
En senderos de fragancia
confundimos el perfume
el olvido nos consume
en memoria de ignorancia.
El recuerdo de la infancia
alborota su plumaje.
Vuela lejos y salvaje
nuestro paso por la tierra
No le importa a la guerra
ni tu historia ni tu traje
 
 
 
Hoy
 
Hoy el universo te dio otro sí paleativo.
Hubo un momento realmente fértil.
Prometiste hacer grandes cosas,
la hidroponía y sus brújulas dejaron sangrar rincones.
El mundo fue un milagro clemente
con tu casa damnificada.
Pero desinfectaste el dolor con pesticidas,
drenaste una tormenta de carne cruda
Accediste a un matrimonio con la certeza.
Gota a gota fuiste ingiriendo hasta cumplir con su vasallaje.
Entonces ahora, recetás pantomimas positivas a quien no tiene hogar
a quien no encuentra hábito en sí mismo
y cada recipiente a utilizar es forastero
penetra frígido las paredes,
suspende el esqueleto en una fiesta extinta.
La vida divorciará su misericordia con nuestra especie,
por pura negligencia,
por una necedad sentenciada a la muerte,
la misma que te llamó el primer día
y te quiso mojar los pómulos como caricia.
Y hoy decís que estás viviendo
y que harás planes,
que habrá tiempo.
Tus ojos se han disuelto en semáforos averiados,
que no dejan de parpadear,
no dejan de apetecer accidentes
 
 
 
Primates
 
Están engañados.
 
Pasaron años estudiándome,
escarbando en cada recoveco,
en cada comisura que incitara un triunfo masturbatorio:
“¡Eureka, encontramos otra diferencia!”
 
Van ahí, ejecutivos
con su plasticidad lamentable,
presos de su infancia que perpetúa
un vivir del recuerdo,
hábitos de fusilamiento;
como, por ejemplo,
la angustia dominical.
 
Tienen tantas arenas movedizas.
Desde los anillos de bodas,
hasta las fronteras,
Las carátulas de los libros,
la jurisprudencia,
las medallas de guerra,
los antibióticos,
el asfalto.
 
Están engañados.
 
No comprenden la discontinuidad del tiempo.
No consiguen otro análgesico
que v i v i r
asintiendo la moral
y multiplicando las lluvias de indigencia.
 
Podré tener los pulgares opuestos,
pero no estoy engañado.
A mí no me adiestraron con correa.
Podré temerles de vez en cuando
Pero no son enemigos ahí afuera.
Quítenles las armas
y serán mi presa.
 
 
 
De los funerales
 
Cada quien emplea diferente su consuelo.
Hay quienes llegan tarde para esquivar el inicio;
la torpeza de emular palabras como
“lo siento,
gracias por venir,
mi más sentido pésame”,
que sí, son reales.
Pero ese vacío no es traducible al lenguaje más inmediato.
Se mastica en los abrazos,
en las fotos,
en el llanto.
O nunca se digiere y termina adherido a las postales,
a muebles o botellas de alcohol.
Hay, también, quienes callan para mantener balance
entre los ruidos del templo.
Alguien tendría que sostener quietud en los ojos.
Están quienes abren llave y sueltan fuga,
condenados a varios lapsos de inmovilidad.
No sé quién eligió el color negro para los funerales,
pero definitivamente, hay quienes se aburren
y bailan en una esquina diciendo
“ella hubiese querido el regocijo”.
Son señalados por aquellos que se oponen firmemente al curso del tiempo,
paralizan el recuerdo para no soltar.
Y luego están los niños,
que no entienden,
no quieren entender.
No quieren entenderlo como nosotros lo hacemos.
Porque en esa pantomima, que resulta siempre necesaria,
rápido se diluye la conciencia de ser mejor,
de abrazar más,
de pedir perdón,
de hacerlo distinto esta vez.
Y total, los años, los hijos, las casas,
termina todo en una pequeña cajita.
Y, eventualmente, no habrá nada.
Nada.
 
 

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