Capítulo 25 / El Diario de un poeta, de Silvia Ortiz

El Diario de un poeta, de Silvia Ortiz

Capítulo 25

A la edad de 39 años uno cree ya haber vivido lo suficiente, esa fue la impresión que aun llevaba como antesala de largos años de enfrascarme en lo que suponía, era ya mi hogar y la cuerda en la pendiente. Tenía yo tierna edad cuando me comprometí, necesite de dispensa judicial, era una menor de edad, mi madre no aceptaba por ningún motivo esa relación, decía era de mayor edad, y el color de su piel nunca fue su favorito, mi madre, era mi amada madre, pero nunca le hice caso, al menos en esto no, una joven rebelde fui, es cierto
y lo acepto. Él es un reconocido profesional médico, tuvimos cuatro hermosos niños, digo tuve porque hoy, son ellos hombres y mujeres de bien, profesionales cada uno en su rama, cada uno con sus vidas y familias que alegremente formaron, soy la abuela de tres hermosas nietas Candy Victoria, Ana Claudia, Lesly Beatriz y un solo varón Samuel Conrado. Hay algo que sostendré toda mi vida, amé mucho a mi familia, siempre soñé con tener la unidad de la misma, mis embarazos transcurrían, yo provenía de una familia disfuncional, así que me preocupe de cuidar al milímetro el espacio de cada uno de sus miembros. Es cierto era yo muy joven cuando empecé a procrear, rápidamente a los 23 años ya contaba con mi cuarto y último hijo. Ser madre había fortalecido aún más mi tierna juventud, no había un solo espacio de la casa que no hablara de mis hijos y los gritos que ellos sostuvieran por los días, ya se hacía pronto para que se inicien en la escuela y alistaba las eternas listas que enfundaban sus mochilas, ellos crecían y yo desvestía cada llanto en el pleito que de pronto surgía entre una y otra discrepancia, ajetreaba sus conciencias, y alistaba sus caritas para que en el corte de un segundo volvieran otra vez a sonreír, y perdonarse entre hermanos, hice de ellos una fiesta, o una farsa, no lo sé, pero eso hice y ya no sé si fui mala o buena madre, solo sé que fui muy tierna y puse todo mi amor en el cuidado y en el amor de mis hijos. Al padre de mis hijos, por supuesto que lo amé, por supuesto que fui creciendo a su lado y las caricias fueron fuente de entrega continua, fueron más mías, él siempre fue parco. Luego de arrastrar un largo tiempo de abandono, la relación no dio para más. Aún con el cuidado de mis niños, sostenía algún libro que gentilmente me agenciaba de la biblioteca y consultorio del papá de mis hijos, el mayor refugio fue mi hogar, también fue la iglesia, llena de fuerzas yo andaba. Quería prepararme para lo que podría llegar, terminé mis estudios secundarios con mucho sacrificio familiar, el apoyo moral y el económico, nunca me asaltaron penas. A la par ya me preparaba para la universidad, pero en ella no encontré lo mío, por esos años ya sentía fuerte inquietud por la teología y la filosofía, menudo tema en el que yo me metía, yo quería ser maestra, pero me atrapaba el hecho de querer ser buena y excelente maestra, esa fue mi gran estrategia. Mi formación profesional contó con la presencia de nueve sacerdotes, orgullosamente sostengo que estudie entre tantos estudiantes jóvenes y yo la única mamá de 26 años, no imagine jamás lo profundo de esta carrera.
El padre de mis hijos es un excelente y valioso profesional, él siempre fue un maravilloso padre, inteligente, amoroso y preocupado jefe de familia, fui madre amorosa y exigente en la educación y formación de mis hijos, los cubrí de los problemas, mis dolores, nunca les dije el porqué de tanto llanto, medicinas, e internamiento en emergencias, la baja de presión, la perdida de mi peso, nunca asomaron en sus caritas el verdadero drama en el que yo ya vivía. Me hice dueña de mentiras, una artista era yo, siempre les dije que todo iba bien. A ellos los amé, y amaré mientras viva, les entregué toda mi vida entera, ellos fueron primero, abrían sus boquitas y tenían al frente lo que a ellos les urgía, recuerdo un día que se acercaban quinceañeras y tenían muchas fiestas y ya de vestidos no querían repetir, pues nada, cogí uno de mis trajes nuevos, les ajuste a sus medidas y listo, ya tenían ropa nueva. El padre de mis hijos, me observaba y otras tantas, ni al asombro le llegaban, total yo no iba a fiestas, o si lo hacía eran en las fiestas de fin de año.
Con mis hijos fui muy exigente, una ducha diaria, la oración por la mañana, y los dientes relucientes, los premios para la mejor cama de sus cuartos, hasta hacia concursos y a los cuatro los premiaba, los zapatos en su brillo, sus cuadernos y tareas siempre al día, todo un invento era yo. Obsesionada en el túnel de exigencias de maestros del colegio, la directora Superiora, era de gran vocación, una guía perfecta, al final de lo vivido, pobre ella, soportar a tanto chicos y los padres de familia que entendieron poco, muy poco su labor.
Mis primeras lecturas fueron grandes tomos de medicina, diccionarios especializados, les confieso me aburría, solo quería leer, y ya con 23 años, fui forjando una escuela propia, con mis hijos, fui su madre y su maestra, en la casa se contaba con una pequeña biblioteca, sumada al de la biblioteca especializada en el consultorio privado, yo quería devorarme el mundo, me organice totalmente, el menú a diario, los postres de los niños, las películas completamente elegidas sin que les cause temor, en la cocina solita yo, ya era una experta. Contaba con una empleada estable, ella trajo a su otra hermana menor y tuve apoyo festivo, yo las quise tanto y ellas a mí también, era muy feliz también.
Descubrí que por un tema de lectura, cualquier buen libro era hábil de devorar, capturar mi atención, una experta en hurto fui, la biblioteca era mi asalto, me había propuesto devorar las lecturas, todas, las que fuesen, al fin eran lecturas, de los libros de medicina, no entendía, términos rimbombantes que en anda yo asumía, igual yo crecía. Un buen día y con el “hurto entre las manos”, el padre de mis hijos, no hallo más remedio que apoyarme en mi elección, mirándome algo sorprendido, dijo con algo de ceremonia al caso, ¿quieres estudiar? y le respondí prontamente, y a un solo grito de invierno ¡Sí! Todavía lo recuerdo, y hasta con olor a hierba mojada. Él hizo grandes cosas por mí, apoyó mi educación, fue soporte en mi vida, complete mis estudios secundarios y hasta la carrera de teología y filosofía fui a parar, me sentí sofocada por la serie de exigencias, pero tenía una meta para orgullo personal y el de mi propia familia. No puedo dejar de señalarles que fue mi mayor riqueza, mi mayor amor, era el padre de mis hijos, me hizo madre y como tal lo recuerdo siempre, con afecto que él se pueda merecer.
La vida te pone pruebas y ya crecidos los hijos, con 23 años de casados, y con 9 años de labor profesional, en un colegio del estado, decidimos separarnos, el abandono de la relación estaba trayendo consecuencias, mi stress emocional, mi llanto continuo, la nula apetencia, lo insatisfactorio en la comida, me pase largas horas en gimnasios y rutinas de pesas, creo que al final me salve de morir de gorda, pero sí de gran tristeza.
Había descubierto tiempo atrás, que anotaba en hojitas de cuadernos vacíos, el amor por la escritura, poseía encubiertas de pequeños pergaminos de versos, trazos de poemas, cantos, cuentos y en el tintero de hoy una novela perdida. Mis escritos obedecían a la soledad más calcárea, más podrida, estaba muriendo, solo quería escribir, solo quería vaciar mi alma, y creo que lo conseguí o todavía podré alcanzarlo. Protegí cada verso en el NN borrador, nadie entendió mis gritos sostenidos en papel, nadie se percató del delirio en que me hundía, solo observaba a los santos y con ellos me dormía. Situada como muñecas de orfebre, y con alcoba prohibida, al soporte de silencio se sumaba la descripción más terrible, cada noche describí, muy y a mi fiel estilo, los ladrillos de mi casa al revés y al derecho, todo eso lo hacía mientras guarde silencio. Me canse de gritar, de llorar, de sobrevivir con mentiras que yo misma establecía. Mi divorcio fue lo más doloroso que pudo marcar mi vida, nadie me vio llorar, nunca permití me sorprendan con los ojos en la lluvia, siempre madure y madure de tanto verme perdida y con hijos de por medio. Más que madre, que lo fui, supe ser amiga y confidente de mis hijos, los llore tantas veces, escondí tantas mentiras y de verdad aborrecí las mismas que cerque tanto tiempo, para creerme de verás que yo en ellas me fundí, repito, me fundí porque viví. Los secretos más terribles, las triquiñuelas fantásticas, los cuentos, las fiestas en mi balcón, todo era burda y falso de falsedad, yo viví una falsa vida de amor, y amé sí que amé y me amaron, no sé cuánto, no lo sé, también aprendí a callar, a sufrir, a sufrir y en silencio duele más …mientras un rosario sostenía, y fui feliz.

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