Arthur Rimbaud / de Silvia Ortiz

Arthur Rimbaud

“¡Ah, los harapos podridos, el pan empapado por la lluvia, la ebriedad, los mil amores que me han crucificado! “¡Ya me vuelvo a ver con la piel roída por el fango y la peste, con gusanos atestando los cabellos y las axilas y con otros aún más gruesos en el corazón, dejado entre los desconocidos sin edad, sin sentimiento. Habría podido morir allí.” del poema Adiós.

La crueldad insólita de la inevitable vida que le tocó a Arthur Rimbaud, tal vez conlleve a esta breve lectura para impulsar las olas, para confirmar el decreto oculto nacido de una madre evasiva, y la gaveta negada de algún cerrojo en la prensa, no obtuvo mayor arrumaco que aquel que entrega el grisáceo aluvión, y desde el estiércol podrido, te llamo, y te convoco este día mi buen hermano del alba, sepulturero soy, y me pregunto entonces ¿dónde quedo la constancia, la fragilidad de un beso, la terquedad en la espalda para atraparte de niño y jugar entre los tumbos, las cacerolas inertes, los libros y los combates refugiados en intelectos de arena, y es que a los niños, a los jóvenes no se les tumba de miedo, se les abraza a insistencia, y aunque ahora yo ya sufra el frio, frio de los hijos, confieso, no nos enseñaron a ser madres intentamos, intentamos eso creo, aquí nadie pretende ser un borrador digitado, desde el adusto y perplejo escritorio de mierda, no cuaja nada en los mares, ya de trozos me he vestido, ya de furia me he encendido y no surgen más y más palabras, de los llantos me han bañado, ¡carajo que dueles tanto mi hermano!, mi hermano, entre calados pañales, entre tantas madres lejanas y desiertos de sueño, sueños de antaño, la vida, es solo eso, un gran espejo cuajado, la fiesta escapatoria de los lirios no deja el sol en la sombra. Querido Arthur, tampoco te me despeines tanto, no te me pintes de adverso, no te ruborices hoy, hoy te entendemos más, hoy rescatamos cielo y al más triste y paupérrimo infierno para increparle de veras, para mostrarle que eres el de los fuertes, fuertes, eres el de los soldados honestos, consuelo preexistido, y después desde siempre disipaste dolor al dolor,
¿A quién ha de importarle tanto si reformaste el fango, y si te mordieron lenguas extrañas, a quién le hizo clic, clic el embuste, ¿quién toleró el ropaje para descerrar las balas e increparte de tanta libertad libertada?, nosotros hoy te entendemos, y lamentamos siempre que fuera otro tiempo el nuestro, lamentamos que fueran los tres cielos ante el padre, ante el hijo que se raja sobre un madero, madero de cuña y lata, y el negado y siempre negado espíritu de inmaculado valor, que ya no invoquen cantores, que ya no estorben las piedras, las mismas que te tocaron, las mismas que ultrajaron los golpes de piedra viva, y de esa malversación de piedras edificaste consuelo, te arrancaron de golpe en golpe sobre piedras más, y ya no hay sonaja en el limbo, ya no más lector de abandono. Dime a quién o a quienés debo confinar de la faz de tus ojos, para que empieces de nuevo, para que no te duela tanto, para que vivas de salto en salto, como viven los niños de una libertad irrestricta, y a excepción de los cercos, mírame Arthur, tal vez te sea posible mirarme hoy y siempre, y desde el lugar que ocupes, llevo días dando vuelta a este tocarte en las letras, traspásame si es preciso como filuda escarlata para beberte cerca, para vestirme de insomnio, para implorar que se asome el destello, para que escriba y escriba sin remediar tiempo al destiempo, y después ya no quepa el sueño, y se agranden faroles de apagados mis ojos, y en mi almohada el fango de junco nuevo se vista, alegría y todo color.
Y si la vida ya es toda y toda poesía, asómate buen poeta, escríbeme en las manos, invéntate tambores bajos y altos, alecciona el rincón indistinto de dejarme huella y huella, declina el pavimento, regálame las doce flores erigidas bajo tu llanto mordido y pena, y en las altas cumbres, indícame a qué desdicha comprometo el desteje de latidos, invade los días de hoy como deuda del combate, y en el día del barro y barro en que refundan mortales conculcados de condena, adheridos de la peste, peste de gusanos en las cajas de cajones soportando aromas de mil difuntos, desintegrados mortales se durmieron, y ahora imploro dejen de cantarle a los muertos, permite el ensalce de los ángeles caídos que de veras llevan velos y las alas de distantes quejidos, ya no impedirán trajines, ya no asaltarás las sombras, ya no volverán esferas ruinosas de gran velada, ya no habrá el padre nuestro en la cruz, y si en la misa de ayer preexiste algún recodo, es la nueva casa de altares, es el ruego del teje, teje de nuevo de tus alas, pero, sí de tanto en tanto te acercaras al verde, verde maullido, cuidaremos largamente el sueño, cuidaremos la tenacidad del otoño, amaremos las hojas coloreadas en las fiestas otoñales, como el crucifijo de aquel Cristo de besos incorpóreos totalmente redimidos, los besos que no lapidan, que no ahogan, el beso de los cristos que soportan las calles, y calles atisbados de abastecimientos hostiles. Me pregunto ¿cómo quedaran los muertos?, ¿cómo brincaran sus almas?, ¿cómo suministrarán más muertos, como desollarán sus miembros? Anda dime Arthur, si arrojaste al insustancial fuego la herencia de tus abruptas alas, ellas fueron malditas por los clavos de los hombres, por los clavos del que nombra ausencias y más ausencias, la crueldad de los que sin saber avanzan, avanzan en procesiones extrañas, nada temen, nada excelso, a ti lector que juegas a las expatriadas maldiciones, bendice al santo, santo poeta, bendice su cálida lagrima, bendice Arthur y trae abajo los malditos ojos de la hierba, y si hay victorias que juegan a tanto engranaje infausto, tantas mentiras frescas, tanto encono a la vida, tanto hambre de un beso y de la madre quieta en silencio, madre, madre que pobreza me has cedido, y yo que te implore libertad, todo eso lo he perdido.

 

Silvia Ortiz

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